Relatos: El terrón de azúcar 15 y 16

La periodista y escritora polaca, viguesa adoptada, Grazyna Wasiak Maxwell comparte dos historias: Dos ángeles y La taza vacía

Dos relatos de Grazyna Wasiak Maxwell.
Dos relatos de Grazyna Wasiak Maxwell. | Atlántico

Grazyna Wasiak Maxwell es una periodista y escritora polaca. Vivió en Londres durante 35 años. Ha escrito dos libros y siempre es muy activa en la Unión de Escritores Polacos de la diáspora. También es una embajadora para los ‘seniors’ de Polonia e intenta crear un mundo más amigable para los jubilados en todos los sitios donde esté. Es una nueva viguesa, totalmente enamorada de la cultura y belleza de Galicia. Se la puede encontrar en clases de muñeira o en una mesa con una copa de godello en la mano, siempre en la compañía de otro ser humano, porque esa es su meditación favorita sobre la vida.

Dos ángeles

Dos ángeles viajaban por la Tierra observando las costumbres de las personas y siguiendo los caminos, no siempre claros, de sus destinos. Una noche, cansados de una larga jornada, se detuvieron en la gran casa de una familia rica. Ya se alegraban pensando en una cama limpia y mullida y en una cena caliente. Sin embargo, la hospitalidad de los ricos superó todas sus expectativas: les negaron una habitación de huéspedes en el piso superior y, en su lugar, los sirvientes les indicaron un rincón en el sótano.

Con tristeza, los ángeles prepararon su lecho sobre el frío suelo de piedra y se dispusieron a dormir. El ángel mayor recorrió con la mirada aquella celda subterránea y vio un agujero en una pared de ladrillos rojos. Se levantó y, al cabo de un rato, lo reparó. Cuando el ángel más joven le preguntó por qué lo había hecho, respondió:

—No siempre todo es como parece.

A la noche siguiente llegaron a la casa de un campesino pobre y su esposa. Los ancianos se alegraron enormemente de recibir a los viajeros y los trataron como a reyes. Compartieron con ellos toda la comida que tenían, aunque era poca. Les contaron historias de una vida rural difícil pero llena de color: disputas entre vecinos, bodas y cosechas. Incluso les cedieron su propia cama para que pudieran descansar cómodamente antes de continuar el viaje.

A la mañana siguiente, apenas salió el sol, los ángeles escucharon llantos y lamentos. La única vaca de los ancianos, que les proporcionaba la leche con la que se ganaban la vida, yacía muerta en el campo.

El ángel joven se entristeció profundamente y, lleno de reproches, preguntó al ángel mayor:

—¿Cómo pudiste permitir esto? La familia rica tenía de todo, nos trató con desprecio y tú, además, les recompensaste arreglando su pared. Estos ancianos pobres tenían tan poco que compartieron todo con nosotros, nos dieron su dormitorio, ¡y tú permitiste que perdieran a su única fuente de sustento! ¡No quiero seguir siendo un ángel si esto es la justicia!

—No todo es como parece —respondió suavemente el ángel mayor, como si intentara consolarlo—. Cuando dormimos en el sótano de los ricos, descubrí un tesoro escondido en el hueco de aquella pared. Como el dueño era avaro e inhóspito, y ni siquiera nos ofreció una cena caliente, tapé el agujero para que nunca encontrara el oro.

»Y la noche pasada, mientras dormíamos en la casa de los campesinos, el Ángel de la Muerte vino a buscar a la esposa del anciano. En lugar de llevársela a ella, le entregué la vaca.

El ser humano ha olvidado cómo percibir y comprender el mundo de forma intuitiva; ha olvidado distinguir qué es el bien y qué es el mal, quién es enemigo y quién es amigo. Existen distintas formas de un mismo tiempo y diferentes manifestaciones de este. Y ahora ha llegado el momento de ver el mundo tal como realmente es, aunque para ello se necesite la ayuda de una aqua vitae botánica: no para contar los días de la vida, sino para vivirlos plenamente.

La taza vacía

Una vez, un distinguido profesor universitario viajaba por Japón. El profesor era una autoridad mundial en filosofía, y sus tesis circulaban como pensamientos de oro en los círculos académicos. Todo el mundo científico sabía que la misión de su vida era la búsqueda de la Verdad. Sin embargo, en las peregrinaciones del Profesor por los diversos templos del conocimiento, nunca se mencionaba que la esencia de su actividad fuera también dar forma a la Belleza y hacer el Bien.

El Profesor solicitó reunirse con un Maestro Zen budista, quien aceptó gustosamente recibir a aquel “gurú” académico y decidió honrar a su invitado preparando una ceremonia del té.

—Todo el secreto de este ritual —se dirigió el Maestro al Profesor— consiste en utilizar solo la cantidad necesaria de carbón vegetal para que el agua hierva, y solo la cantidad necesaria de té para extraer su verdadero sabor. Las flores deben colocarse de manera que parezca que siguen creciendo y que reflejen la estación del año. También hay que crear una atmósfera de agradable frescor en verano y de acogedor calor en invierno. Y, en la pared, sobre una tablilla rectangular, colgar una frase o una sentencia que honre al invitado y…

—Ah, eso es algo que todo el mundo sabe —interrumpió el Profesor.

—Hmm… —respondió el Maestro—. Entonces me gustaría convertirme en discípulo de quien lo sabe.

—He venido para conocer qué consideras tú la verdad —dijo el Profesor con cierta impaciencia.

—Me gustaría ofrecerte una taza de té —respondió el Maestro, sonriendo de oreja a oreja.

—Gracias —asintió cortésmente el Profesor—. Tengo poco tiempo, pero deseo aprender lo máximo posible y conocer tu sistema de conocimientos y valores.

El Maestro Zen, haciendo una reverencia, le entregó una taza y comenzó a servir el té.

—He dedicado toda mi vida académica a la búsqueda de la verdad.

El Maestro continuó sirviendo.

—Oh, ya es suficiente, gracias. Querido Maestro, ¡ya no cabe más en la taza! —exclamó el Profesor.

Pero el Maestro siguió vertiendo el té, hasta que este rebosó y descendió en un pequeño arroyo verde sobre sus rodillas y el suelo, formando un círculo de vaporosas charcas.

Con la misma sonrisa en el rostro y sin dejar de servir, el Maestro Zen dijo:

—Querido Profesor, al igual que esta taza, estás lleno de tus viejas teorías y convicciones. Si primero no vacías tu propia taza, ¿cómo podría transmitirte la filosofía zen?

En un espejo cubierto de polvo no es posible mirarse ni ver nada.

Durante la ceremonia del té, cuelga en la pared las verdades que solo puedes encontrar en tu propio corazón.

El secreto está en “cómo” pensar, no en “qué” pensar.

La vida es una danza de Yin y Yang, y tu Yang está precisamente saliendo.

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