Rayo 3-0 Celta
Sigue la maldición de Vallecas para el Celta
Rayo 3-0 Celta
En día de fin de semana de vermú, comida perezosa y duermevela a primera hora de la tarde, los telefilmes hicieron furor. Y siguen teniendo adeptos. Argumentos preconcebidos y enlatados que se van repitiendo con la anuencia de un televidente que no está para grandes desafíos intelectuales en ese momento. Actores con caras conocidas pero que no acaban de reconocerse ni de tener reconocimiento. Parones de publicidad que incluso se agradecen. El Celta -'featured' al Rayo- protagonizó ayer en Vallecas una película ya vista, con un final ya sufrido. Un mal partido que se desea paréntesis y se teme punto de inflexión a peor. Con el caprichoso fútbol de nuevo sacando su versión más socarrona: cuanto más tiempo tengas para preparar un encuentro, peor te va a ir.
Quiso luchar contra la modorra de sofá y televisión de fin de semana el conjunto celeste en el arranque, con ese saque de centro ya patentado de pase a Ionut Radu para que éste patee. Forzó así un saque de esquina nada más empezar que prometía presencia en campo rival. Una mentira. Porque fue el Rayo el que aprovechó su hábito a las dimensiones del terreno de juego para ejercer de local en la versión clásica del término: más posesión, juego en la mitad de campo rival y rondar la portería rival. Fue una propuesta que al Celta no pareció disgustar demasiado, echando mano de esa manida capacidad de estar en bloque bajo cerca de Radu. Y, como le suele suceder en estos casos, sin que su portero estuviese demasiado ocupado. Apenas un disparo desde fuera del área de Camello que el meta rumano detuvo en una feliz intervención.
Pero el problema del Celta no estaba sin balón, sino con él. Incapaz de generar ya no acciones de ataque. Hilvanar pases era un imposible salvo en la contra generada por Jutglá con un balón largo hacia las piernas de Javi Rueda pero Hugo González no llegó al remate. La velocidad del malagueño fue el único argumento ofensivo del equipo celeste en el duelo en Vallecas. Sin duda, una baza a explotar, aunque la precisión no existiese en ningún momento.
No había sensación de inferioridad pero sí de mediocridad. Y el Rayo encontró premio a su propuesta más tensionada en una pérdida celeste en el centro del campo. Conectó rápido Camello, sacando de sitio a Sebastián Cáceres, hacia el desmarque hacia dentro de De Frutos que no supieron leer a tiempo ni Galán ni Yoel Lago. El gol a diez minutos del descanso convirtió el disfraz una actuación funcionarial en la realidad de una falta notable de capacidad competitiva. La lesión de Hugo González, uno de los célticos que más incómodo se estaba encontrando, fue el punto de dramatismo que todo telefilme necesita a mitad de metraje para mantener el endeble argumento.
Tal vez la salida de González y la entrada de Pablo Durán justo antes del parón aconsejó al técnico celeste, Claudio Giráldez, pausar un cambio de nombres más profundo. De nuevo, hubo espejismo de salida, con un par de apariciones por el área rival, intuyéndose que, por fin, el Celta sabía cómo tratar el balón. En esta ocasión, fue un gol lo que acabó con cualquier atisbo de buen juego visitante. Por el tanto en sí y por la forma, con Ratiu desbarazándose de Jutglá y Galán con una frivolidad al borde del área para permitir a De Frutos ensayar su dispaso con potencia y sin opciones para Radu. Era el minuto 59 y no se apreciaba un halo de vida en los célticos.
Hacía falta revolucionar los cuerpos y las mentes. Giráldez realizó tres cambios de golpe para intentar que Sergio Carreira, Williot Swedberg e Iago Aspas espabilasen al grupo. Hubo autoengaño pasajero una vez más, que volvió a demostrar la precipitación con la que el Celta se desempeñó ayer cuando se acercó al área rival. Queriendo hacer todo demasiado deprisa, quedó todo demasiado mal.
Por si a alguien le quedaba algún hilo de esperanza, el Rayo se decidió a aprovechar la ola buena de haber tenido siempre el ritmo del partido en sus manos para sentenciar y evitarse sustos. Lo hizo con un gran disparo de Unai López desde fuera del área que delató ese punto de ausencia en el centro del campo celeste, con un Aleix Febas oculto y un Ilaix Moriba poco ajustado. Así, el mediocentro vallecano se aninó a probar y protagonizó un gran golpeo lejos del alcance de un Radu que se alejó del Zamora a base de recoger balones de dentro de su portería.
El tiempo restante no sirvió de nada. Ni tan siquiera para que Driouech, la última baza ofensiva desde el banquillo, encontrase por fin una acción redonda que lo anime en lo individual. El mal telefilme acabó de la peor manera. Lo bueno es que estas películas son fácilmente olvidables. Ojalá.
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