El peso del poso del pasado

Celta Fortuna-Tenerife

El Fortuna empata ante el Tenerife después de ser dominador y de que los isleños errasen un penalti en el descuento

El céltico Álvaro Marín procede a disparar a portería ante la presión del central chicharrero Anthony Landázuri.
El céltico Álvaro Marín procede a disparar a portería ante la presión del central chicharrero Anthony Landázuri. | VICENTE ALONSO

Celta Fortuna y Tenerife subieron juntos este verano a Segunda División, aunque con el aprendizaje del fútbol de barro. La Primera Federación, donde se juntan la calidad notable y la alta competitividad con las situaciones difíciles de explicar, pudo ver ayer cómo sus muchachos ponían en práctica lo aprendido en el fútbol profesional: una definición de gol sublime, la alternancia entre el fútbol de toque y el fútbol gaélico -golpeo hacia delante y disparos por encima del travesaño-, un error claro castigado con contundencia y un penalti absurdo en su realización y malgastado en su ejecución.

Los tinerfeños saltaron al césped con la idea de tener el control desde el primer instante, un plan que pilló desprevenido al Celta Fortuna. El Tenerife estaba plantado en el campo celeste, aunque de forma totalmente pacífica. Ese afán de no hacer daño, conforme el balón seguía teniendo acento canario, empezó a envenenarse gracias a Nacho Gil. El extremo formado en Paterna era indetectable por el flanco diestro de la zaga celeste y se movía de maravilla entre las dudas de Pablo Gavián y Quique Ribes.

Condicionado por la presión sin fisuras del cuadro de Álvaro Cervera, el Celta Fortuna tuvo que buscar las formas de cortar los buenos minutos visitantes con la opción más habitual en estos casos, la transición a espalda de los centrales. Una ocasión de Aldrine Kibet en un tres para cinco, después de una recuperación de Óscar Marcos en el centro del campo, hizo aterrizar a los vigueses en el partido. Además de la ruptura al espacio, Fredi Álvarez detectó, a raíz de esa acción del ‘10’, que el duelo real iba a estar en el mediocampo. Dicho y hecho.

El partido entró en una fase de pugna total, con mucha carga física en que cada balón que se interponía entre ambas medulares era una guerra. Hugo Cuenca y Adriá Capdevila, ayudados por Óscar Marcos en bastantes acciones, se batían a vida o muerte con Mauro Pittón y Jesús Álvarez. De un robo de Marcos se produjo una réplica del tres para cinco anterior de nuevo, con la mala definición de Kibet en los metros finales. Era cuestión de tiempo que el equipo que dominaba el balón en la sala de máquinas crease una desigualdad en el marcador y el filial céltico fue el afortunado.

Después de interceptar una contra isleña en la línea divisoria, el balón llegó a Joel López en la zona izquierda del campo rival. El ‘18’ puso un centro medido al corazón del área y Álvaro Marín, con un cabeceo cruzado muy bueno, superó a Dani Martín y adelantó a los vigueses en su casa.

La digestión del gol les pudo costar muy caro al Tenerife, ya que con el centro del campo en manos celestes y los puñales por las bandas de Gavián y Arcos, envalentonados por el resultado, estuvieron cerca de continuar la veda. Precisamente, el rosaleiro gozó de la ocasión más clara de marcar el segundo, con un zurdazo al palo largo que Álvaro Marín, ágil en la segunda jugada, no culminó.

Cansado de ser superado en la medular, el Tenerife, en las pocas opciones que tuvo hasta el descanso, optó por el juego directo y sin complejos, con pases largos desde la defensa a la doble punta. Los gallegos, correspondiendo las preferencias de su invitado, aceptaron la propuesta y la circulación por dentro se transformó en la patada hacia delante. Marchó por delante el Fortuna a los vestuarios, pero sería momentáneo.

Como sucedió al comienzo del choque, el Tenerife salió a morder y a ahogar al Celta en su propio campo. De nuevo, los célticos no se esperaban ese cambio drástico en el juego de su contrincante y se vieron dominados por el ímpetu blanquiazul. El gol chicharrero rondaba el ambiente, aunque de haberlo pronosticado los 3.600 espectadores que acudieron al estadio, ninguno hubiera sido capaz de acertar la forma. Coke Carrillo blocó un balón en el área pequeña y sacó con la mano a un compañero que se disponía a conducir al espacio. Nacho Gil, el más listo de la clase, se adelantó al mal saque del meta pontevedrés, encaró la portería y perforó el arco de Carrillo. Pese al manifiesto error en la jugada, poco pudo hacer el arquero para detener el disparo, ya que un defensa olívico modificó la trayectoria en su intento de despejar el potente tiro.

No reaccionaban los hombres de Fredi Álvarez al empate. No eran conscientes de que restaba más de media hora y les acababan de igualar el marcador. Gil, de nuevo, con un libre directo envenenado que desvían entre la cruceta y Coke Carrillo, pudo adelantar a los suyos. La manera de cambiar el rumbo pasó por restituir el juego directo sin centro del campo, que, como los vigueses habían aceptado sin mucho sentido en la primera mitad, el educado cuadro de Álvaro Cervera asumió sin miramientos.

La idea surtió su efecto y ese hálito de superioridad insular tras el gol se aplacó a base del juego directo y de la búsqueda indiscriminada de las bandas para hacer daño. No obstante, los minutos fueron pesando cada vez más y, sin un físico que acompañe, era insostenible en el tiempo ese fútbol vertiginoso. Fredi Álvarez tardó muy poco en verlo y decidió cambiar los dos carrileros para que Ángel Arcos y Óscar Marcos jugasen totalmente por dentro, pegados a Hugo Cuenca y Adrià Capdevila. A su vez, el Tenerife derivó todo su juego a esa búsqueda del desmarque de ruptura, por lo que se fragmentó totalmente el equipo canario entre su frente y su retaguardia.

Las apuestas de uno y otro equipo intimidaban a los porteros rivales. Noel López y Enric Gallego eran un quebradero de cabeza para los tres defensores célticos, del mismo modo que las diabluras de Óscar Marcos y Ángel Arcos para habilitar a Álvaro Marín desesperaban a la zaga blanquiazul. Un tramo de partido muy abierto en que las piernas pesadas disiparon la claridad de cara a puerta.

Inmersos en el descuento, con la sensación de que cualquiera podía llevarse el gato al agua, ocurrió la aparente desgracia. Germain Milla, en un fatídico intento de despejar un balón caótico en el área pequeña, impactó con la pierna de Anthony Landázuri y fue castigado con la pena máxima. Se decidiría todo desde los once metros; Nacho Gil o Coke Carrillo serían los aclamados o los señalados. El ‘10’ isleño tomó carrerilla y, previo resbalón a la hora de impactar sobre el balón, lo mandó por encima del travesaño con el meta vencido. Se alegraba Balaídos por el punto contra un Tenerife petrificado ante la privación de la victoria.

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