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La travesía puede ser larga, extensa, con escalas o sin ellas, pero también puede ser placentera, delirante, gozosa, extremadamente extasiante. Así vivió el celtismo ayer el partido en el Groupama Stadium de Lyon ante un equipo francés al que le sucedió todo en contra. Aunque nadie lo diría visto el volumen de decibelios registrado en el campo.
Eran 3.000 celestes, pero se escucharon poco durante el encuentro. No por su culpa, claro está. Se debió a la ruidosa afición local, con dos fondos de animación enfrentados pero que se saludaron en el comienzo de la segunda mitad. Una de esas curiosidades que se encuentran en diversos campos. Pese a ello, a la afición céltica se la oyó clara, meridiana, imponente, al final del partido, con un “Oliveira dos Cen Anos” que, en ese momento, llegó con fuerza a la punta opuesta del estadio, en una zona alta en la que estaban los corresponsales de prensa. También sonó “A Rianxeira” y, por momento, un “Y si ganamos, ¿qué?". Ya estaba resuelto el duelo, pero la cuestión es cantar, festejar, vivir.
Desde esa punta opuesta del campo se presentía Balaídos en ese segundo anfiteatro. Una por una, de un lado al otro, estaban todas y cada una de las pancartas de las peñas celestes: Carcamáns, Celta Birras, Verdugos… Casi cualquiera que se pueda venir a la mente. Todas estaban allí, como un museo, de lado a lado del anfiteatro y, encima, casi en la sombra de la noche de Lyon, se distinguía el celeste de los 3.000. Campo grande, afición gigante, disfrute eterno.
Días como el vivido en Lyon impulsan la aparición de celtistas, de nuevos aficionados y la consolidación de los dudosos. Y, aunque pueda parecer imposible, de estas jornadas también salen nuevos grupos de amigos que, en unos años, podrán ser peña nueva o tomar el relevo de otra. Esa comunión francesa en el Groupama Stadium, un campo que se va casi al infinito.
La felicidad es máxima, celeste, para contar. Aunque no todo. Hay cosas que gustaría no contar. Entre ellas, el lanzamiento de bengalas desde la zona de aficionados del Celta. Sería muy injusto decir que fueron todos los seguidores. No, no lo fueron, pero sí unos pocos, indentificados, de negro, que se tapan la cara en algunas fotografías propias, que no quieren niradas externas. Cada uno, con su libertad, puede hacer lo que quiera. Pero cuando manchas el color que dices amar tirando bengalas a la afición rival en un día de felicidad, la libertad se convierte en un peligro público.
Llegar al Groupama Stadium resultó una particular odisea para muchos celtistas ayer. La magnitud del desplazamiento y los posibles problemas de seguridad aconsejaron reunir a todos los celtistas en un recinto ferial y allí les colocaban una pulsera naranja que era la identificación de entrada. No resultó sencillo el proceso porque sólo había seis personas para hacerlo.
Ya se registró una notable cola desde las 15:00 horas y, a partir de ahí, había que subirse al autobús. Los autocares estaban preparados, pero acceder al campo no resultó sencillo. Sólo salía uno cada cinco minutos y, de vez en cuando, se paraba el proceso porque, como cabe imaginar, no era fácil entrar y salir de los alrededores del Groupama Stadium con toda la seguridad del mundo. “Es la peor organización que viví en viajes y ya tengo ido a bastantes”, aseguraba uno de los aficionados celestes enmarcados en esta aventura. Tuvieron que esperar mucho para subir al vehículo y también bastante para acceder al campo. Siempre en grupo, sin alejarse nada, sin poder ver lo más mínimo de los alrededores del campo porque así lo requería la seguridad.
Tras el partido, con los consiguientes cánticos de celebración, se hizo menos dura la espera para regresar a los hoteles o a los lugares en los que comenzar la vuelta a casa. Pero también estuvieron un tiempo para evitar cualquier altercado. La seguridad es lo primero y así se procede, pero no deja de producir un poco de tristeza que ciertos elementos peligrosos estropeen la fiesta que debe ser el fútbol, que no deja de ser un deporte de entretenimiento.
El desplazamiento, hasta la madrugada, se saldó sin incidentes y es la mejor noticia. Hubo precaución y miedo en los celtistas y un proceso de extrema seguridad, hasta el punto de acceder al campo por una puerta habilitada para ellos y en un nivel de altura diferente al anillo exterior del campo. Lo permite una instalación moderna y una organización complicada de soportar, aunque necesaria.
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