El fútbol eran los lazos del jardín de la cerveza
Friburgo 3-0 Celta
Las horas previas al partido juntaron en un gran ambiente a los aficionados del Celta y del Friburgo con un pequeño bosque urbano como centro de reunión
En pleno centro de la receptiva Friburgo, junto a un hermoso canal procedente del río Dreisam, asoma la cabeza un carismático cocodrilo, brota un bosque muy especial. Tiene árboles, como todos. Pero la vegetación que más prolifera deriva de la cebada y los lúpulos. No en balde, se le conoce por el sugerente nombre del jardín de la cerveza. Tan magno brebaje ayuda más todavía a tejer los lazos que ya de por sí debería anudar el fútbol. Porque, si algo quedó claro ayer en Friburgo, es que este deporte es aún más bonito cuando las camisetas se mezclan con naturalidad. Y con amistad.
Es el caso de Fernando Méndez Atrio. Es friburgués, pero su apellido le delata. Gallego de segunda generación, sus padres emigraron desde Celanova en los 60 y se establecieron en la ciudad que lo vio nacer hace 55 años. Aficionado del Friburgo y amigo personal de su entrenador, Julian Schuster, el contacto con Galicia de este profesor de matemáticas es permanente. Por eso también tiene una parte celeste en su corazón. Por eso ha recibido a varios amigos en su ciudad, con los que ayer fue al Europa-Park. Y por eso irá la semana que viene a Balaídos. "Espero que el Friburgo gane la Europa League y que el Celta sea quinto en Liga para encontrarnos de nuevo en la Champions", explica con elegancia. Y con una camiseta del equipo alemán con el nombre y el dorsal de su actual técnico cuando era capitán de la escuadra del grifo.
Pero el fútbol siempre tiene más para unir que para separar. De ahí la ilusión que ilumina sus ojos al pensar en el partido. “Es súper especial para mí que el equipo que representa a mis orígenes esté aquí y también que tanta gente venga a disfrutar de mi ciudad y del partido. Me encanta recibir a amigos de Galicia aquí”, explica.
Miguel, Roi, Alberto y su hijo Adrián son cuatro de ellos. Juntos ríen, se vacilan, auguran resultados y comparten cerveza en un jardín aún tranquilo. Menos Adrián, claro, que disfruta de un refresco necesario para paliar la sed derivada de su potente apetito. “Venimos a por los tres puntos", inicia uno sin poder frenar a tiempo. Entre risas, corrige: “A por tres goles”. La conversación avanza hasta llegar a lo que verdaderamente importa. “El fútbol es para esto. Disfrutar con la gente, un ambiente tranquilo y encima una ciudad preciosa”, concluyen.
Ese deseo se hizo realidad solo unas horas después. Ese apacible espacio matinal se convirtió en un hervidero vespertino. Ni una mesa libre entre los árboles. Todas ocupadas indistintamente por aficionados del Celta y del Friburgo. Muchas, con ambas facciones. Todos cantaban, bebían y reían. Sin agresividades banales ni odios ficticios. Solo disfrutar del verdadero espíritu de este juego, que es ejercer de vehículo social para cohesionar. De pegamento. Así se vivió ayer por todo Friburgo, con camisetas celestes mezcladas con rojas, con infinidad de fotografías para el recuerdo y, probablemente, también con varios nuevos amigos. Ya lo decían Fernando y sus amigos. El fútbol era para esto.
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