Celta 1-2 Osasuna
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Balaídos se mojó. Mejor dicho, se empapó. Lo peor es que ya se sabía que iba a suceder y hubo quien, con los huesos pidiendo refugio de la humedad, decidió no acudir al estadio en una noche marcada por los temporales, con Leonardo llevando la locomotora del tren de borrascas y Marta esperando su turno. El resultado fue la entrada más baja de la temporada, con 18.705 espectadores. Pocos en comparación, sí, pero muchos dadas las circunstancias, sobre todo porque la ausencia de Gol permitió que el viento jugase un papel protagonista a la hora de esparcir el agua.
Quienes acudieron respondieron al buen nivel habitual, incluso más metidos en el partido. Un ambiente más íntimo multiplica el sentimiento de permanencia, exacerbado ayer por la exigencia que suponía enfrentarse al temporal. Hubo tiempo incluso para estar pendiente de cuestiones no futbolísticas pero sí claves para la comunidad céltica: una protesta bajo la lluvia por los 72 despidos en la firma GKN, justo en el minuto 72.
En lo estrictamente deportivo, el penalti en diferido al inicio de la segunda parte puso a prueba la paciencia del celtismo, que finalmente pudo celebrar otro gol más de Borja Iglesias. Siempre con la lluvia de testigo, intentando aguar lo que encontraba a su paso, como hizo Osasuna con su segundo gol, que obligó a un final estresante. La humedad de la derrota entumece más que la de la lluvia, y el tren de borrascas amenazaba con atropellar a Balaídos. Aun así, la grada empujó hasta el final, esperando otro gol en el descuento que salvase los muebles. Porque la entrada más baja en número no quería ser la más baja en ánimo. Y no lo fue.
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