Atlántico
VIENE EL PAPA, LAS CUENTAS CLARAS
En las últimas décadas parece haberse consolidado una idea silenciosa pero poderosa: el bienestar entendido como ausencia de malestar. Sentirse bien no solo se ha convertido en un objetivo legítimo, sino en un criterio rector de muchas decisiones personales y educativas. Sin embargo, esta aspiración, cuando se absolutiza, puede tener un efecto paradójico: debilitar la capacidad de las personas para enfrentar la frustración, el esfuerzo sostenido y la espera, elementos inevitables en cualquier proceso de maduración.
Crecer implica, necesariamente, atravesar experiencias incómodas. Aprender exige equivocarse; construir algo valioso requiere tiempo; desarrollar una vocación implica renuncias. Si desde edades tempranas se evita sistemáticamente la contradicción, el fracaso o la exigencia, no se elimina el sufrimiento futuro, sino que se pospone y, en cierto modo, se intensifica. La persona que no ha sido entrenada en tolerar la frustración queda más expuesta a derrumbarse cuando inevitablemente la encuentra.
En este contexto, términos como “sacrificio” o “mortificación” han sido progresivamente relegados o despojados de legitimidad, en parte por sus connotaciones religiosas o por su asociación con formas de disciplina excesivas. No obstante, más allá de esos usos, encierran una idea valiosa: la capacidad de postergar el placer inmediato en función de un bien mayor. Sin esa capacidad, se dificulta cualquier proyecto que requiera profundidad, constancia o compromiso.
Resulta llamativo, además, cómo la cultura contemporánea parece premiar ciertos tipos de esfuerzo por encima de otros. El cuidado del cuerpo, la mejora estética o la consecución de logros deportivos visibles reciben reconocimiento inmediato, medible y socialmente validado. Batir un récord o alcanzar un ideal físico se convierte en motivo de admiración pública. En cambio, el esfuerzo intelectual, el desarrollo de capacidades cognitivas o la entrega silenciosa a los demás suelen transcurrir en la sombra. Abrir “un pozo en medio del desierto”, literal o metafóricamente, transforma vidas, pero rara vez ocupa titulares.
Esta asimetría no implica que falten personas comprometidas con el conocimiento o la ayuda a otros, sino que estas formas de esfuerzo encajan mal en una lógica cultural orientada a la visibilidad y la inmediatez. Lo que no se puede medir fácilmente ni exhibir con rapidez tiende a perder relevancia en el imaginario colectivo, aunque su valor sea profundo y duradero.
También influye el tipo de motivación que sostiene la acción. Cuando el esfuerzo está ligado principalmente al reconocimiento externo, el fracaso puede resultar devastador: no solo se pierde la meta, sino también la imagen que se había construido en torno a ella. En cambio, cuando el motor es más interno o está orientado al bien de otros, emerge una mayor resiliencia. Quien trabaja por una causa que trasciende su propia validación personal tiene más recursos para persistir, incluso en la dificultad.
Con todo, sería injusto plantear una oposición simplista entre un pasado de sacrificio y un presente de comodidad. La mayor atención a la salud mental, la crítica a formas abusivas de disciplina y la búsqueda de bienestar son avances significativos. El desafío no consiste en rechazar estos logros, sino en integrarlos con una pedagogía del esfuerzo y la frustración.
La cuestión de fondo es cómo formar personas capaces de sostener el malestar necesario sin quedar atrapadas en él; individuos que comprendan que no todo lo valioso es inmediato ni visible, y que el crecimiento auténtico suele transcurrir lejos del aplauso. Reequilibrar lo que admiramos como sociedad —y lo que cada uno decide cultivar en su vida— puede ser un primer paso para recuperar el sentido del esfuerzo con propósito.
Adolfo Blanco
Contenido patrocinado
También te puede interesar