La vida, sus recuerdos y mi amigo Rodri

obituario

Conocía a Rodri de lejos aunque nuestra aventura profesional tardó algún tiempo en combinarse. Ambos hemos pertenecido a una generación de periodistas que se han ganado el jornal en circunstancias difíciles cuando no hostiles y eso nos ha unido mucho.

Publicado: 08 feb 2019 - 00:54 Actualizado: 09 feb 2019 - 03:05
Rodrigo Varela, Segundo Mariño (entonces presidente de la Asociación de la Prensa) y Gustavo Luca de Tena que sustituía a Rodrigo como director de "Hoja del Lunes".

Gente joven y con muchas ganas de abrirse al mundo, a la libertad de expresión, al contraste y al debate, a los que nos desbravaron en la EOP y nos lanzaron al universo mundo de la comunicación con lo puesto pero con los deseos a flor de piel y una dulce sensación de estar asistiendo a momentos importantes de la Historia.

Rodri era de joven tan largo y escurrido de carnes como lo fue también más tarde. Un chaval inquieto y palpitante, al que le gustaba su oficio más que la buena mesa a la que también fue siempre aficionado aunque no engordara ni a cañonazos. Sensible a los temas sociales, curioso a la hora de plantearse sus reportajes, valiente para buscárselos, a Rodri le acompaño, bendito sea él, fama de rojeras en los círculos más cerriles del oficio, los que dominaban entonces la Asociación de la Prensa. Haciendo de tripas corazón le hicieron director de la “Hoja del Lunes” y Rodri dio un auténtico recital a los mandos del periódico de todos nosotros, al que lavó la cara, otorgándole enjundia y profundidad, aunque la zona conservadora torciera el morro cuando aquel periodista de la nueva ola convertía el semanario en una auténtica tribuna, abierta y comprometida con la ciudad, con su gente y con nosotros, los del oficio que teníamos en este medio una fuente importante de ingresos para seguir manteniendo nuestra Asociación.

Rodri y yo terminamos a la vuelta de los años en el mismo sitio -este Atlántico que nos permitió trabajar codo con codo- y él fue el encargado de sustituirme en su dirección -ocupando una silla de despacho que se convertía en eléctrica demasiadas veces en aquellos tiempos difíciles- una circunstancia que, lejos de producir algún conflicto, nos acercó mucho más y nos convirtió en amigos hondos. Fue una amistad que nació del respeto mutuo y si me apuran de la admiración al menos en mi caso. No sé si podría ofrecerle yo al bueno de Rodri algún motivo de admiración aunque sospecho que no es lo mío despertarlas. Pero él sí me los ofreció a mí como profesional digno, decente, serio, comprometido y de una competencia extraordinaria. Ambos formamos un dúo cómplice, cuajado de matices, sensible y cariñoso del que tengo la esperanza de que este periódico se lucrara. Estoy seguro que Rodri aportó a sus páginas el equilibrio y el sentido común que quizá a mí me faltaba. Fue un tiempo bueno y fructífero, y yo no tengo otra forma de agradecerle su honestidad y su sentido común, su generosidad y su compañía en los buenos y malos momentos en aquellas noches de redacción tensas y más largas que anchas, que recordando emocionado su memoria.

Un abrazo viejo amigo.

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