José Gil, el drama de un visionario del cine en Vigo
Manolo González escribió la primera biografía del que fue pionero en todos los ámbitos del audivisual a comienzos del XX
El primero que hizo cine doméstico, el primer productor gallego, el primero en hacer un noticiario de Galicia para la emigración, el primero en tener una filmoteca privada, el primero en proyectar cine gallego en la Habana, el primero en hacer cine turístico y publicitario, y así en todos los ámbitos del audiovisual. “Nos días encantados de agosto”, a biografía de José Gil que Manolo González publica con Galaxia y que ayer se presentó en Vigo muestra la dimensión que alcanzó el personaje, que no fue reconocida ni vida, ni en la muerte que le llegó completamente arruinado tras la aparición del cine sonoro. “Me gustaría que al menos con este libro se inscriba por fin su nombre en la tumba donde descansa, es lo mínimo que se puede esperar”, afirma el autor.
Comparte mausoleo con su mujer, sus cuñados, Enrique y Constantino Sarabia y con sus tres hijas, fallecidas prematuramente de tuberculosis. “Todo el mundo en Vigo conoce la tumba de Pereiró, realizada por Asorey; es una obra de arte en la que se gastó una fortuna”. El impacto que le causó la muerte de las niñas fue una de las motivaciones de Gonzaléz para asumir la investigación sobre José Gil. “Siempre me gustó el cine y había escuchado hablar de él, pero no fue hasta los años 80 en que me empezó a interesar el personaje, estaba haciendo fotografías de lugares donde habían estado salas de cine, cuando al preguntarle a una señora en Ponteareas, recordó cómo de pequeña ‘un señor con barba’ le invitaba siempre a ver las películas de sus hijas muertas, me sorprendió que eso sucediese en 1924; esto sumado a otros hilos que me conecta con esa historia fue definitivo”.
Décadas de estudio y búsqueda dieron sus frutos. Logró localizar siete de las 150 películas que se le atribuyen a Gil. “Al morir las hijas no tuvo herederos, se lo dejó todo a sus cuñados, que tampoco tuvieron descendencia y el último, Constantino, malvendió todo lo del estudio”. Aunque González tiene aún la esperanza de que aparezca alguna filmación en un desván, como la última película que halló, reconoce que lo más probable es que hayan desaparecido. “A diferencia del sonoro, el cine mudo se hacía sobre nitrato de celulosa, una emulsión que era aprovechada en la fabricación de peines, por lo que la mayoría de los filmes de este género acabaron reducidos a peines; además al descomponerse olían muy mal y eran altamente inflamables, por lo que se deshacían de las cintas”. La buena noticia es que lograron localizar la cámara que utilizaba, “está en Vigo”. En la trayectoria de José Gil está, como dato anecdótico, haber participado como operador de cámara en un rodaje en Pontevedra con la participación de Castelao. Fue el referente en la fotografía social de comienzos del siglo XX, pero su apuesta por el cine lo convirtieron en un auténtico pionero. “Filmó el Vigo industrial, el comercial, el crecimiento económico, todo, si tuviéramos su obra, tendríamos un patrimonio de incalculable valor sobre la ciudad, un tesoro”. Así, el título que da nombre a la biografía, “En los días encantados de agosto”, corresponde a una filmación perdida que abarcaba el cambio de la ciudad desde los años 10 a los 30, pasando por el Vigo del pasado al del presente, imaginando el futuro. “Recuperó imágenes tomadas por los años antes en las fiestas, con las regatas, les sumaba las del momento (años 20) y utilizando una cámara de trucos de superposición, cogiendo de base los planos urbanísticos, recreó como sería una década después". El biógrafo destaca el carácter visionario del personaje con testimonios en su aldea, Rubiós, donde recordaban cómo había hecho una radio con cables desde donde se recogía emisoras que hablaban en inglés. “Algunos vecinos recuerdan que les había dicho que cuando fueran mayores podrían ver los partidos del Celta desde su casa, algo que entonces les parecía increíble”.
Con la llegada del cine sonoro, apareció una tecnología muy cara que tardó en instalarse en España, con la que los productores locales no pudieron competir. José Gil fue una de sus víctimas. “Hay gente, niños entonces, que lo recuerdan como un tipo raro con barba y una cámara, al que todos consideraban un poco loco”. Fue, sin duda, uno de los personajes que la ciudad acabó olvidando.
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