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Un verdadero pionero en en el río Míño. Enrique Míguez se levantó ayer pasadas las 14:30 horas tras cubrir el turno nocturno en su puesto de trabajo a los 55 años. Un par de horas después ya pensaba ir palear por el curso de agua en el que comenzó y lo vio crecer ya hace más de cuarenta años. "Tendría 11 o 12 años y me iba a bañar al río, a la playa de la fábrica que es el lugar en el que está actualmente el club. Un directivo me vio y me preguntó si quería probar. Se lo pregunté a mis padres y aceptaron. A raíz de ahí surgió todo", expresa el tudense. Y el éxito llegó pronto porque en Los Ángeles, en el año 1984, obtuvo la medalla de bronce junto al vallisoletano Narciso Suárez Amador, con 18 años y 150 días en el C2 500 metros. Hoy en día, continúa con lo que "es mi droga", aunque con una filosofía diferente. "Para disfrutar del deporte y la naturaleza, sin agobios", relata.
Y es que el del Baixo Miño lleva más de cuarenta años encima de piraguas o canoas. Al igual que otros muchos, empezó en el káyak y "también competía en canoa cuando el club necesitaba los puntos". Eran pocos los que paleaban en esa incómoda posición con la rodilla apoyada y "me fui quedando". Por aquel entonces, en la España de inicios de los ochenta, ser deportista de alto nivel poco tenía que ver con la actualidad. "Hacer deporte en aquel momento no estaba tan integrado en la sociedad como hoy en día. Algún vecino, cuando iba a entrenar, me decían: 'se foras a traballar, vagho'. Llamaba la atención, pero dedicarte a algo que no fuera el fútbol era muy difícil. Con los años fue mejorando", relata.
De hecho, Enrique Míguez recuerda que, de niño, "comencé en el bajo de un directivo del club, Julio Piña. Después se arregló el edificio de la antigua aduana con unos barrotes y unas maderas para entrenar. Y, a raíz de esa medalla en Los Ángeles, con la ayuda que había para instalaciones deportivas, se hizo un club que en su momento fue modélico. Al menos, sirvió para eso. Y también aumentó el número de deportistas porque la canoa se dio a conocer más", relata.
Y, en el caso del tudense, todavía siente el cariño de los aficionados a la piragua y, especialmente, en Tui. "Agradezco que la gente me reconozca. Y no soy una persona que va presumiendo de una medalla u otra, pero sí que gusta que te reconozcan por los méritos conseguidos. Y, sobre todo, que eso sirva a las futuras generaciones como referente. Que puedan tener un objetivo como lo tenía yo en aquel momento", relata el deportista.
En los Ángeles, con esos 18 años, obtuvo una presea que resultó "un 'boom', tanto aquí en el pueblo como en toda España. Lo recuerdo con un sabor bonito y, cada vez que veo las imágenes, con nostalgia. Es algo que te marca la vida porque, de ser un desconocido, pasas a ser conocido en el ámbito deportivo". Y alcanzó aquel bronce por su calidad deportiva y porque "un día vino a Galicia el seleccionador Eduardo Herrero. Hizo una visita a los diferentes clubs e iba viendo a los jóvenes que comenzaban y se fijó en mí. Unos años más tarde, con 16 años, ya ingresé en el equipo nacional júnior. Fui a un Mundial en el 83 y, al año siguiente, todavía de juvenil, llegó la medalla".
No sería la última en su palmarés internacional, pero sí resultó exclusiva en lo referente a los Juegos. Y, precisamente, en citas olímpicas, Míguez tendrá siempre la espina clavada de Barcelona 92. "Terminó siendo la decepción más dolorosa de mi carrera", admite. "Hubiese firmado un cheque en blanco de que en Barcelona iba a conseguir una medalla. Pero una colitis dejó a mi compañero fuera de juego. Con los años, todavía estoy más convencido. Habíamos logrado en todas las regatas internacionales de ese año. Incluso en Alemania, a un mes de los Juegos, fuimos segundos a un décima del que ganó", resume.
Y, como pionero, Míguez abrió el camino para otros muchos. Años después llegaría David Cal, que "nos avasalló a todos con sus medallas. Y ojalá hubiera conseguido más". En el caso del tudense, iniciar un camino no es sencillo y, de hecho, él vivió la gran explosión el deporte en Barcelona, pero después se terminó su carrera y no pudo aprovechar la bonanza. "El deporte cambió. Para el 84, que fueron mis primeros Juegos, estábamos dejados de la mano de dios. En cuanto escogieron a Barcelona como sede, metieron muchos más medios. Y las estadísticas están ahí. España venía sacando cuatro o cinco medallas y llegó Barcelona y fueron más de veinte. Y fue por el dinero que metieron, que lo mueve todo", resume Míguez.
Ayer, como otras muchas veces, salió a disfrutar del deporte en el Miño porque el tudense continúa paleando en veteranos, aunque "con otra filosofía. Hay gente que entrena más en veteranos que lo hacía de joven. Yo ya gané lo que tenía que ganar y ese tiempo pasó. Me sigue gustando ganar como el que más, pero ya no estoy para agobios, ni para lesionarme. Tuve un tiempo que no lo practiqué y ahora disfruto del deporte y pienso seguir haciéndolo".
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