A Cañiza, 60 años del toro de Osborne
Las famosas vallas comenzaron a colocarse en su versión de metal en 1961. Hoy solo hay 92 en toda España, cinco de ellas en Galicia. “Supone un símbolo de indentidad”, según el alcalde Luis Piña
Me acuerdo del toro de toda la vida. Le tenía un miedo terrible cada vez que pasábamos por ahí”, comenta Carmen Domínguez Simons, periodista y miembro del gabinete de Alcaldía del Concello de A Cañiza.
Los 'millenials' quizás no lo sepan, pero su generación anterior, la Generación X (los nacidos entre 1970 y 1990), y los del 'baby boom' (nacidos entre 1950 y 1970) recorrieron en su infancia la geografía de este país en coches que no tenían cinturón de seguridad y cuyos asientos eran de skay, un material que acababa desprendiendo un olor que, unido a las curvas de las antiguas carreteras, provocaban que la mayoría de estos viajes finalizasen en un mareo asegurado para la población infantil. En medio de este paisaje, ya fuese en el alto de una montaña gallega o en un vasto páramo castellano, aparecía vigilante la figura de un toro gigante que iba indicando que el destino final se aproximaba. Eran los Toros de Osborne, un reclamo de esta conocida marca de bebidas alcohólicas, que llegó a tener repartidas por todo el país más de 500 de estas vallas publicitarias. Hoy, solo perviven 92, indultadas en 1997, cuando el Tribunal Supremo sentenció sobre su “interés estético o cultural”, salvándolas así de las órdenes de retirada dictadas en 1988 y 1994 por el entonces Ministerio de Fomento con su Ley General de Carreteras.
Una de ellas está en A Cañiza y forma parte de su paisaje desde hace más de cinco décadas. Precisamente, ahora se cumplen los 60 años de la instalación de los primeros toros de Osborne en su versión en metal —la que nos ha llegado hasta nuestros días— en sustitución de las originarias de 1958 en madera, que estaban más expuestas a los daños ocasionados por las condiciones meteorológicas adversas.
Ver estos toros podía tener muchos significados: la proximidad de un destino que en aquella época, y con aquellas carreteras estrechas y parcas en líneas rectas, se antojaba eterno, o, en el caso de Carmen Domínguez Simons, la visita obligada al médico.
“Lo asociábamos con el Hospital Xeral. Cuando viajábamos a Vigo era para eso, para ir al médico, no para ir a las playas ni a nada... Y de repente, ¡esa cosa ahí!”, rememora esta cañicense.
“Éramos cinco hermanos y todos le teníamos miedo, aunque los niños se hacían los valientes. Mi padre tenía un Seat 127 blanco y al pasar por allí, según me cuenta mi madre, a mí me daba tanto miedo que me escondía debajo de su asiento. ¡Imagínate cómo se viajaba en aquella época! Después te vas acostumbrando al paisaje”.
Fontefría
“Creo que es que el que más visibilidad tiene de toda España porque está en una montaña; domina todo el valle”, añade Carmen Domínguez. A Cañiza ocupa en una depresión, entre las montañas del Paradanta y el Pedroso. El toro de Osborne se sitúa en el alto de Fontefría, dominándolo todo desde su atalaya, aunque ahora más rodeado de eucaliptos que antaño. Desde allí observa impertérrito a los conductores, pese a que el tráfico ya no se desvía por la carretera N-120 hacia esta villa famosa por su jamón, el que degustaban los viajeros que hacían aquí un alto en su recorrido entre la Meseta, Ourense y Vigo. Ahora, la mayoría siguen directos por la autovía A-52.
“El toro destacaba mucho porque estaba en plena carretera nacional. Toda la gente que venía, todo el tráfico hacia Vigo, pasaba por Fontefría. Es una señal clara de A Cañiza. Identificar el toro era identificar nuestro término municipal. Es muy importante para nosotros, sobre todo tratándose de una villa como la nuestra que fue una villa de tránsito”, recalca el alcalde, Luis Piña.
No obstante, y pese a ser el mayor indicativo de que llegamos a la 'villa del jamón', nadie sabe a ciencia cierta cuándo se colocó esta valla en el municipio. Carmen Domínguez intentó sin éxito localizar el acta del Ayuntamiento en la que se daba permiso para su colocación. “Las cartas plenarias antiguas eran más divulgativas y precisas que las de ahora. Estuve investigando, porque autorización tuvieron que pedir. Pero no la encontré. No tenemos nada de nada", se lamenta.
También se desconoce oficialmente en este ayuntamiento quién es el encargado de su conservación, aunque el propio Grupo Osborne se ha responsabilizado de su reparación y reposición allí donde las vallas han sido vandalizadas o han sufrido daños por culpa de los temporales, como fue el caso de la de Becerreá, derribada por el ciclón Klaus en 2009.
El de A Cañiza es uno de los cinco toros que se pueden ver en Galicia. Uno de ellos se encuentra también en esta provincia, concretamente en Ponte Sampaio, municipio de Pontevedra, muy próximo ya Soutomaior, mientras que los demás se reparten por el resto de las provincias gallegas: Xinzo de Limia (Ourense), Betanzos (A Coruña) y Becerreá (Lugo).
14 metros de altura
Las vallas miden cerca de 14 metros de altura, el máximo que permitían de aquella los camiones que debían transportarlas. Cada estructura está formada por sesenta chapas metálicas y más de mil tornillos, con un peso de 4.000 kilos, que descasan sobre zapatas de hormigón formando un conjunto con un peso total aproximado de 50 toneladas. Un entramado imponente, al igual que la figura de estos astados. Originariamente, los toros tenían sus cuernos pintados de blanco. Ya en su versión de metal tomaron también el color negro, mientras que en el cuerpo del animal figuraba en rojo, perfilado en blanco, la leyenda “Veterano Osborne”, con una copa del famoso brandy. En 1988, en el primer intento para salvarlos, desaparece esta rotulación.
La valla diseñada por un combatiente de la República
La historia del toro de Osborne está llena de paradojas, como que su diseño no convenció en un primer momento a la bodega, que dudaba de que un astado pudiese representar a su bebida icónica, o el hecho de que una de las vallas que se conservan esté en un municipio antitaurino: Pontevedra. Pero, sin duda, el hecho más llamativo es que se haya convertido en los últimos años en símbolo de la España más conservadora, luciendo en banderas y en todo tipo de artículos -por cierto, sus derechos siguen siendo del grupo bodeguero-, cuando su diseñador fue un comunista que combatió en el bando de la República, aunque no pegó un tiro, ya que su labor se centró en el dibujo y la propaganda. Hablamos de Manolo Prieto (El Puerto de Santa María, 16 de junio de 1912 – Madrid, 5 de mayo de 1991), dibujante, pintor, ilustrador, diseñador gráfico y escultor de medallas, distinguido con numerosos premios.
El encargo de Osborne le llegó cuando trabajaba en la agencia Azor, en 1956. Este diseño está considerado patrimonio cultural y artístico, mientras que el trabajo de Prieto está reconocido como impulsor de la profesión de diseñador gráfico. De hecho, su toro fue el logotipo para la exposición monográfica "100 años de diseño gráfico en España" celebrada en el año 2000 en el Museo Reina Sofía, que tuvo como comisario al diseñador Alberto Corazón.
Las vallas de Osborne forman también parte del paisaje de países como México o Dinamarca y, recientemente, incluso de Japón, donde se colocó una.
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