Controlados

Quien tiene un teléfono móvil tiene un tesoro, una herramienta que sirve para casi todo como una navaja suiza y que evita llevar un montón de elementos a los que remplaza. Pero quien tiene un smartphone lleva también en el bolsillo un enemigo de su libertad, un instrumento que dice en cada momento en la posición en la que se encuentra con un error de escasos metros, con el que puede ser grabado, escuchado y vigilado cuando no quiere serlo y no necesariamente para cometer un delito o alguna acción políticamente incorrecta.  Una empresa sueca ha dado un paso más en el control digital e implanta microchips a sus trabajadores en la muñeca para hablar con las máquinas. Lo perverso de la historia es que lo venden como un dechado de beneficios para dejar de llevar tarjetas de crédito, recordar contraseñas o llevar el historial médico encima. 
El Gran Hermano está más cerca de lo que se creía, y la gente ríe el invento.