Lo máximo que alguien puede tener

Lo máximo que alguien puede tener

Mientras en Hollywood no parece sino que todo el mundo abusaba de todo el mundo, y aquí Defensa llama por fin a capítulo a cinco de los militares firmantes del manifiesto franquista, por hallarse aún vinculados al Ejército en la reserva, y se marea la perdiz del cómo y cuándo alejar los restos del sátrapa de los de sus víctimas, y menudean los casos de niños ahogados en piscinas mientras sus padres, distraídos, se embrutecen con los móviles, y Torra torrea, y los turistas ebrios vuelven a arrojarse al vacío desde los balcones de sus hoteles, y se pide el nutrido estadillo de los bienes inmatriculados, escamoteados, por la Iglesia, mientras sucede todo eso, tan propio de un mundo absurdo que los periodistas nos afanamos en descifrar, y en alimentar en ocasiones, el bueno de Vicente Verdú se muere, dejándonos más inermes y desamparados ante la realidad.
Excelentes y sentidos obituarios se han escrito ya en memoria del compañero, de modo que sólo le cabe a uno invitar a que se lean sus libros, sus artículos y sus poemas, testimonio de la enorme pérdida que supone el deceso del colega ilicitano. Juntos, y en compañía de otros, escribimos un libro coral, "Nuevos amores, nuevas familias", que trataba de preguntarse e indagar sobre las mudanzas de la vida de relación, pero desde mucho antes de eso uno admiraba a Vicente Verdú porque poseía, y compartía y repartía, lo máximo que puede tener un escritor: un estilo. Un estilo propio. Lo máximo que puede tener un escritor y cualquier ser humano.
Todo está ya dicho, escrito, pensado, sugerido, afirmado y negado, de modo que la única nueva aportación al arte o a la vida sólo puede venir de una mirada nueva, irrepetible, específica, singular, y la de Verdú era novísima. Su estilo literario, que algunos pudimos remedar inconscientemente alguna vez, bien que en vano, dotaba a todo lo ya dicho, escrito y pensado no sólo de una novedosa apariencia, sino de un sentido radicalmente nuevo. Esa virtud, ese don, era oro puro para una sociedad desconcertada que, lamentablemente, le leyó poco o no lo suficiente, pero ese oro nos lo ha dejado como herencia a repartir entre quienes le seguiremos leyendo.
Queda Hollywood, Franco, los franquistas, los niños ahogados en piscinas, Torra, las inmatriculaciones y los turistas dementes, y se ha ido Vicente Verdú.