Deporte al límite

Deporte al límite

Esta última semana hemos asistido a dos manifestaciones deportivas cuyo desarrollo me ha sugerido  ciertas dosis de inquietud con las que no contaba. Un médico amigo mío desgraciadamente fallecido y  muy versado en materia de medicina deportiva, no se cansaba de repetirme que si bien el deporte practicado con sentido común era altamente  beneficios, el deporte de alto nivel no lo era en absoluto y pocos son los deportistas profesionales sometidos a ese altísimo régimen de exigencia que necesita la competición capaces de llegar sanos y salvos a la edad de retiro.


Tiene razón y comienza a preocuparme lo que veo, situado al filo mismo de la delgada línea roja que separa lo razonable de lo inadmisible si es que no ha traspasado la raya todavía. La etapa de alta montaña en el Tour de Francia de hace unos días fue una locura tan evidente que, al margen de otras puntualizaciones, ocasionó caídas terroríficas que podrían significar lesiones irreversibles para sus protagonistas. La peligrosidad del trazado y la necesidad de aplicar un esfuerzo sobrehumano para afrontarla no solo caló en el ánimo del espectador sino que exigió la llamada al raciocinio expresada por el propio Nairo Quintana, un corredor valeroso y sufrido que en rueda de prensa avisó a los organizadores del evidente peligro de sacrificar en aras del espectáculo la integridad y aún la vida de los propios ciclistas. Quintana estaba aún temblando por la dureza infernal del escenario por el que había corrido, e impresionado  a su vez por la gravedad de las caídas que habían padecido algunos de sus compañeros. Uno de ellos se fracturó la cadera y dos costillas tras derrapar en una curva recorriendo en descenso a ochenta kilómetros por hora. Una locura.
Tampoco es posible olvidarse del partido que Rafa Nadal perdió en la pista central de Wimbledon hace unos días ante el jugador luxemburgués Gilles Muller. Si bien el tenis es un deporte que aparentemente no figura entre los que proponen mayor peligro, jugar un encuentro a lo largo de cinco horas es un disparate se mire por donde se mire. Prefiero olvidarme de esas manifestaciones de lucha en su expresión más brutal que han dejado al boxeo en calzoncillos y que el espectador prefiere porque la violencia es máxima y hay peligro cierto de dejarse la vida en el tapiz.


Son los estipendios brutales de una sociedad evolucionada y al límite, que busca el espectáculo a cualquier precio y que paga por ello. El  temible futuro que nos auguraron ciertos relatos de ciencia ficción ya es ahora mismo.