De cofrades y cofradías

De cofrades y cofradías

Un programa de televisión dedicado a la búsqueda de cocineros de alto copete por el sistema de concurso abierto, finalizó su  periplo preparado sus platos más elaborados ante un escogido ramillete de comensales presididos por Rafael Ansón en torno a una mesa puesta en el salón noble de un conocido y elegante hotel madrileño. Se trataba de la junta rectora de la Sociedad Española de Gastronomía, y sus integrantes recordaban a los de una velada de aristócratas de candelabros, plastrón y miriñaque a finales del siglo XIX. 
A veces me pregunto qué hay que hacer para convertirse en uno de ellos porque yo también quiero. No solo uno de los dirigentes de esta sociedad que paladea los servicios de mesa con la hierática elegancia con la que debía probar la sopa doña Eugenia de Montijo en presencia de su augusto esposo el emperador Napoleón III, sino, en general, de este tipo de sociedades que parecen conservadas en alcanfor pero que deben producir alguna suerte de satisfacción y prerrogativas entre sus miembros. Pertenecer a la Sociedad Española de Gastronomía, a la Real Orden de Carlos III, a la Cofradía de Amigos de la causa Visigoda o cualquier otra de su estirpe, debe constituir una experiencia que colme al sujeto de alegría plena. A estas damas y estos caballeros empingorotados que sorbían y masticaban a ritmo de rigodón no se les notaba demasiado el contento. Y cuando la presentadora preguntó su opinión sobre los platos que iban sirviendo no contestaron otra cosa que memeces que ya repiten más que el ajo –ya saben: lo de los cítricos, los maridajes, las texturas, la potencia de sabores y todos los tópicos que ahora se maneja en la materia- pero es de suponer que ser cofrade de esta cofradía debe dar mucho gusto o eso al menos espero. Lo que sí observé es que eran gente muy entrada en años, muy ceremoniosa y no especialmente versada en el siempre controvertido asunto de los fogones y los manteles. Si aquellos invitados tan finos no fueron capaces de saltarse los tópicos al uso, qué diremos los demás.
Seguramente es cierto que hay que estar en el lugar oportuno y en el momento oportuno y es entonces cuando Avón llama a tu puerta. Quizá sin comerlo ni beberlo ni siquiera buscarlo que es como se consiguen los grandes momios que te regalan las cosas buenas de la vida. Por ejemplo, viajar de gañote, acudir a congresos, conocer a otras gentes y recorrer el mundo comiendo y bebiendo. Que no está mal del todo.