La credibilidad de lo increíble

La credibilidad de lo increíble

Cada tiempo tiene sus características. En él se citan costumbres, dichos o situaciones capaces de definir para la posteridad cualquier ciclo que los contemporáneos analizan con una tierna sonrisa al contemplar cómo se vestían sus abuelas, cómo cantaban las estrellas del espectáculo de entonces o cómo redactaban las noticias los periodistas. En la era que nos toca vivir y compitiendo en pie de igualdad con el inglés para indios bravos al que nos obligan las nuevas tecnologías o con la terminología aplicada al fenómeno gastronómico que corre serio peligro de convertir una noble actividad en un cada día mayor ridículo, se encuentra la palabra “increíble”, un término que sirve para cualquier cosa y que, como otros muchos ejemplos anteriores y posteriores, ha terminado por desvirtuarse y perder por completo su primitivo y seguramente necesario contenido. Una cosa así como lo que le pasó a Rocío Jurado según contaba en una de sus canciones más populares: “se nos rompió el amor –decía Rocío- de tanto usarlo”. Eso le ha pasado de tato usarlo al término  “increíble”.


Hoy, y especialmente en boca del famoseo que lo usa hasta que lo pulveriza, todo es “increíble”. Sabrinita tiene un novio increíble, Gonzalito probó ayer un planto increíble, Patadita marcó el domingo un gol increíble, y Fatimita viene de un viaje que ha constituido una experiencia increíble. Los Pinches guays han lanzado al mercado una canción increíble, y Morenito de la Guindalera redondeó en las Ventas una faena increíble arrimándose de una manera increíble hasta el punto de que parece increíble que no lo revolcara un toro que, por otra parte, era también un morlaco increíble. El colmo de la paradoja es que esta palabra que resuena en mis oídos como una maldición bíblica, ha acabado empleándose única y exclusivamente para hacer creíble lo que puede no serlo. Para que nos hagamos una idea del desbarajuste idiomático que nos invade, “increíble” sirve de prótesis a situaciones cuya magnitud es, a ojos del dicente, tan manifiestamente infrahumana que no puede ser creída o tomada en serio. Toca creerse lo que es increíble.


Antes este tipo de debates se solventaban con un enérgico “te lo juro por mi madre”. Hoy está expresión tan cañí ha caído en desuso. Jurar por la madre de uno ya no resulta creíble.