Mentes perversas

El paciente entra en urgencias cojeando: “Doctor, tengo un desgarro en el tobillo”. “Imposible”. “¿Cómo puede asegurarlo sin ni siquiera examinarme?”. “Porque llevo ejerciendo Medicina quince años”. “Pues yo puedo asegurarle que tengo un desgarro, porque me lo hice jugando al fútbol”. “Que no”. “Que sí”. “Que el médico soy yo”. “Que usted no tiene puta idea”. Y así. Para los que no sepáis como acaba el forcejeo, os lo termino: “Bájese los pantalones –ordena el galeno fuera de sí- y póngase en posición ‘four-wheel drive’, para comprobar el reparto de frenada”. Obedece el lesionado, pensando que se trata de una nueva técnica clínica. Y… ¡ale hop!, de un soberbio vergajazo el Dr. se la endiña hasta la médula. “¡Ah…!”, chilla el paciente trasteado a traición, mientras estaba en posición 4x4. “¡Esto, sí, es un desgarro! –concluye, docente, el matasanos-; lo que usted tiene es un esguince”.
Pues acabáramos. 
Y admito que no deja de ser un atrevimiento por mi parte el poner por escrito un chascarrillo que a muchos –si la paciente fuese mujer, pedirían para mí pena de cárcel- les pueda parecer chabacano.
Pero dejemos la vulgaridad plebeya y vayamos al sesudo spot publicitario. Relojes Viceroy, amparándose tras un slogan freudiano: ‘No es lo que tengo. Es lo que soy’,  exhibe en estos días un anuncio donde un playboy de ascensor, ignorando a la joven loba que se menea a su lado,  le estampa un ósculo de tornillo a una septuagenaria que se queda estupefacta. Pero encantada, claro. ¿Lo prohibimos por machista? ¿O lo celebramos por igualitario?
A mí, la práctica me enseñó que los besos ni se piden ni se roban. Se dan. Pero ojo, uno debe medirse mucho en las distancias cortas para no pasarse de frenada. Si no, se expone a una cobra. O a una hostia.
Lo que hizo el empresario andaluz con la diputada podemita tiene la gracia en el culo. Otra cosa sería que lo hiciera el actual ministro de Fomento, reputado casanova; y no veas ya si se tratase de Brad Pitt, o de ese que anuncia el Nespresso, que ahora no caigo, pero que hasta le levanta la churri a un mafioso. What else? El mujerío y los platós se derretirían hasta el paroxismo. 
En fin, que eso de poner una mano en la boca de una fémina, y besársela fingiendo que se besan sus labios (lo hacíamos incluso entre hombres, en mi época más iconoclasta, intentando bajar la testosterona del más macho; hoy ni se me ocurre, so pena de correr el riesgo de que algún pervertido me tome por la lengua y me agarre por los huevos), eso, insisto, será una broma fuera de lugar, improcedente, de viejo chocho. Pero de acoso nada. Eso, que tanto humilla, denigra, escandaliza a la santa Teresa andalusí –en una región donde los hombres se llaman entre ellos ‘pixa’- solo son ganas de dar la nota y hacer proselitismo. ¿O proxenetismo político? No sé porque se me viene eso a la mente. Será porque la tengo pervertida.