Lo cortés no quita lo valiente

Lo cortés no quita lo valiente

Yo no soy mucho de refranes, porque los dichos sentenciosos, sobre todo si se repiten y si resultan muy previsibles, llegan a hartar. Pero, transcurridos ya muchos años de vida, casi todo es algo previsible. Hasta los disgustos. La novedad sigue estando presente, pero es necesario dilatar nuestra capacidad de asombro para poder captarla. 
Uno de los refranes más célebres reza: “Lo cortés no quita lo valiente”. No es una frase conmovedora que haga llorar a quien la escuche, pero es evidente que enuncia un modo de proceder sensato: “Estoy en desacuerdo contigo; no obstante, manifiesto mi disenso de buenas maneras”. 
Por regla general, vale. Pero también esa regla tendría sus excepciones. Si me fuesen a pegar un tiro, me aliviaría muy poco que mi verdugo dijese: “Señor, por favor, dispóngase a recibir un tiro”. Algo es algo, pese a todo. Pero equivaldría a un muy pequeño alivio esa deferencia a la hora de volarme el cerebro. 
“Lo cortés no quita lo valiente”. Vale. De acuerdo, aunque con matices. Hace muy poco he recibido un “wasap” en el que se me comunicaba: “El Papa Francisco felicita a una pareja gay por el bautismo católico de sus tres hijos”. 
Las comunicaciones del papa Francisco han sido noticia a cada paso: que si una llamada telefónica, que si una carta, que si… En este caso no se trata de nada similar. Sino de una respuesta muy cortés de un oficial de la Secretaría de Estado. Es normal que si se escribe al Papa, alguien del entorno del Papa – de la Secretaría de Estado – responda. Esto entra dentro de la cortesía. 
Y una respuesta cortés y educada es amable. Máxime si la carta enviada al Papa también lo era. Sería completamente impensable que si alguien le escribiese al Papa deseándole que tenga éxito su apuesta por la paz, el Papa respondiese: “Gracias por el deseo, pero sepa que Usted es un impresentable porque está divorciado y vuelto a ‘casar’”. 
Recapitulando: 1. En este caso el Papa no ha contestado en persona a nadie 2. La Secretaría de Estado ha contestado amablemente a una persona que había expresado su estima y veneración por el Papa. 
¿Dónde está el problema? Pues parece que quien escribió al Papa es un hombre que vive, en una unión civil “legal”, con otro hombre y que, ambos, han adoptado a unos niños que, recientemente, han llevado a bautizar. 
¿Una respuesta cortés de la Secretaría de Estado modifica la valentía de lo que recuerda el “Catecismo de la Iglesia Católica” en los números 2357-2359? En absoluto. El 
“Catecismo” dice que el origen psíquico de la homosexualidad “permanece en gran medida inexplicado” (n. 2357). 
Y añade, el “Catecismo”, las razones por las que la Iglesia Católica rechaza los actos homosexuales: “Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves (cf Gn 19, 1-29; Rm 1, 24-27; 1 Co 6, 10; 1 Tm 1, 10), la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso” (n. 2357). 
Esas mismas razones – con algunos matices - , son válidas cuando se trata de una unión entre hombre y mujer no abierta, por propia voluntad, a la estabilidad o a la vida. O cuando se trata del autoerotismo. Y los matices, esas zonas de sombra o de luz que escapan a los refranes, son muy importantes. 
Pero uno no es católico plenamente si solo rechaza los actos homosexuales – los actos, nunca a las personas - , ya que también el “Catecismo” nos recuerda que las personas con tendencias homosexuales “deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición” (“Catecismo”, 2358). 
La castidad es, para todos, el camino. El Evangelio es así de cortés y de valiente. Y se hace cargo de cada caso, de cada persona. Jesús es el “universal concreto”. Si uno pone en Él su esperanza, jamás se verá defraudado.
* Profesor del Instituto Teológico "S. José" de Vigo