Los últimos de Filipinas, la realidad y la nueva película

Los últimos de Filipinas, la realidad y la nueva película

En los últimos días se están produciendo numerosos debates sobre la película de Salvador Calvo, “1898. Los últimos de Filipinas”, que pretende ser una revisión de la versión de Antonio Román, de 1945, basada aquella directamente en el contenido del libro “El sitio de Baler. Notas y Recuerdos”, escrito a su regreso a España por el teniente Martín Cerezo que es una crónica detallada de lo ocurrido durante casi un año en aquel lejano lugar. Yo poseo la segunda edición, de 1911.
Poca gente sabe que este libro fue traducido al inglés, apenas publicado, y que durante décadas fue un texto de lectura obligatoria en la Academia de West Point, en los Estados Unidos, por considerarlo un ejemplo de moral militar y de la resistencia que una guarnición cercada en una plaza mantiene su dignidad sin rendirse y sin esperanza de socorro, como así ocurrió.
En el aspecto del rigor histórico y el respeto a los hechos la nueva versión flaquea e incluso incurre en atrevidas licencias que reduce el anula el sentido de aquella resistencia y los ejemplos de dignidad de aquellos soldados, que se presentan como unos pobres diablos resignados que no saben qué hacen allí, mandados por jefes crueles y obsesivos.
Al contrario, como gran novedad se pone especial acento no en la camaradería de los héroes, sino en los desertores, que los hubo. Fueron 8, de los cuales 6 lograron huir y dos fueron fusilados en los días finales del asedio. Se ha llegado a decir que en la versión de 1945 se obvia este asunto. Revisar la cinta denota que es mentira: En la versión de 1945 se ve la huida de un cobarde que luego muere al ser utilizado por los asaltantes en uno de sus ataques a modo de parapeto.
La versión de 2016 se inscribe pues dentro de la revisión a la baja de un episodio de la historia de España, que fue reconocido como tal en su momento en todo el mundo y que, se debe insistir, está muy documentado. La revisión de aquel hecho no se basa en documento nuevo alguno, sino en las propias invenciones y perjuicios de sus guionistas, a quienes se les ve el plumero.
Los propios filipinos realizaron dos versiones de este episodio de su propia historia donde se trata a los españoles con más respeto y objetividad. Como mostró en su día el propio presidente Aguinaldo, quien en decreto dado en Tarlak el 30 de junio de 1899, dispuso, con respecto a los supervivientes de Baler: “Los individuos de que se componen las expresas fuerzas, no serán considerados como prisioneros, sino por el contrario como amigos y en su consecuencia se les proveerá por la Capitanía General de los pases necesarios para que puedan regresar a su país”. El mismo Emilio Aguinaldo, preguntado por su opinión personal sobre la defensa de Baler, dijo que le parecía “Muy heroica”.
Aquellos soldados estuvieron 337 días cumpliendo su deber, y como no tenían bandera, la confeccionaron con unas casullas de los monaquillos de la iglesia y unas telas de mosquitera. En Baler se encerraron 57 soldados y tres religiosos e ignorantes de que España había perdido las Filipinas rechazaron hasta nueve intentos de negociación. Pero el peor enemigo no fueron las balas tagalas, sino el hambre y la disentería, por lo que las bajas de guerra propiamente fueron las menos frente a los quince resistentes, incluidos dos oficiales a los que se llevaron las privaciones.
Al final quedaron 33 resistentes, de los cuales tres eran gallegos: Vicente Pedrosa Carballeda, de Carballiño, en Ourense; José Martínez Santos, de Almeiras, A Coruña y Bernardino Sánchez Caínzos, de Guitiriz,Lugo. El primero, jornalero; los otros dos, labradores. En el conjunto del destacamento hubo ocho desertores (ninguno gallego); pero sólo fueron fusilados por tales un cabo y un soldado. De los otros, nunca más se supo.
Izquierda Unida y el PSOE de Cáceres, al mismo nivel de ignorancia supina, suprimieron “por franquista” hace ya años, la calle dedicada a “Los últimos de Filipinas”. Y la alcaldesa de Guitiriz, Lugo, dejó sin calle por el mismo motivo el soldado sanitario, natural del lugar, Bernardo Sánchez Caínzos que falleció en los años veinte, y que ahora se llama “Calle de la Libertad”. Por cierto, en 1898 Franco tenía 6 años.
Tuvieron que esperar hasta 1908 para que les fuera concedida una pensión vitalicia de 60 pesetas mensuales. El ignorante gobierno municipal de Cáceres (donde confundieron de paso un bronce con el escudo de los Reyes Católicos con el de Franco, que retiraron y luego (¡tras estudio!) tuvieron que reponer, no sabían ni se enteraron que sólo 13 de aquellos soldados sobrevivieron a la guerra civil y tres de ellos fueron nombrados tenientes honorarios en 1945.