El incidente de Fidel Castro con el embajador Lojendio

El incidente de Fidel Castro con el embajador Lojendio

El 20 de enero de 1960 se produjo un grave incidente entre Cuba y España. Comparecía Fidel Castro en el programa “Tele Mundo Pregunta”, en el Canal 2 de televisión, el líder revolucionario acusaba al Gobierno español y a su embajador en Cuba de conspirar y ayudar a los contrarrevolucionarios enemigos a actuar contra la revolución y a las instituciones religiosas de españoles, especialmente los conventos, de ocultar armas. De repente, se presentó en los estudios el propio embajador de España Juan Pablo Lojendio, Marqués de Vellisca, natural de San Sebastián, quien estaba viendo el programa ya acostado; pero en cuanto escuchó las acusaciones contra él y gobierno que representaba se trasladó de inmediato a la televisión, de modo tan rápido, que Fidel seguía con su intervención.
Los guardaespaldas de Castro y varios periodistas de la televisión rodearon a Lojendio y lo escoltaron a la salida, entre ellos el comandante Almeida. Al día siguiente, el régimen cubano le dio veinticuatro horas para salir del país. Marcelino Oreja recuerda el incidente en sus memorias (Memoria y esperanza. Relatos de una vida) Entonces estaba destinado en el gabinete del ministro de Asuntos Exteriores Fernando María Castiella. Oreja recibió la noticia de madrugada y se trasladó al domicilio de su jefe para comunicársela. Éste, telefoneó a Franco de inmediato, pese a lo intempestivo de la hora, por lo que los ayudantes de servicio tuvieron que despertar al caudillo.
Franco ordenó a su ministro de Asuntos Exteriores no romper con Cuba y volvió a la cama, indicándole que se estudiaría el caso con calma en el Consejo de Ministros. Lojendio sería más tarde embajador en Suiza, Italia y la Santa Sede. En los años siguientes, las relaciones entre ambos países se mantuvieron al nivel de primer secretario de embajada, pero Madrid no rompió las relaciones comerciales con La Habana, pese a las presiones de EEUU y a las confiscaciones que sufrió la colonia española, entre ellas el famoso Centro Gallego. El comercio bilateral fue en aumento y en 1971 se renovó el acuerdo comercial de 1959. En 1975 se restablecieron las relaciones diplomáticas al máximo nivel y cuando murió Franco, Castro ordenó tres días de luto nacional.Castiella alabó más tarde la calma de Franco y no le gustó la acalorada reacción de Lojendio, por entender que un diplomático debe serlo, ya que existían otros cauces para replicar a Castro y exigirle que rectificara.
El diplomático español Inocencio Arias recuerda algunas muestras posteriores de afecto a España. En una gira por Hispanoamérica, en 1978, Adolfo Suárez visita Cuba. Fidel comparece de modo inesperado en una conferencia de prensa del presidente del Gobierno español donde “hizo en un encendido elogio del anterior jefe del Estado español que, entonó, había resistido las presiones del imperialismo yanqui para cortar los contactos con Cuba. Franco se negó a eliminar los vuelos de Iberia y pocos años antes había firmado un voluminoso contrato de compra de azúcar con La Habana”.
Los periodistas españoles presentes no salían de su asombro. En aquella no esperada comparecencia, Castro se deshizo en elogios hacia el proceso político seguido por nuestro país y el esfuerzo del rey de España y el presidente Suárez, y mostró su reconocimiento por nuestra solidaridad cuando España se resistió a las presiones de Estados Unidos y no aceptó el bloqueo (sic), a pesar de las diferencias políticas entre los dos países.
Unos años más tarde, en un libro publicado en 2006 (Fidel Castro. Una biografía a dos voces), repitió los elogios a Franco: “Fue una actitud meritoria, que merece nuestro respeto e incluso merece, en ese punto, nuestro agradecimiento. No quiso ceder a la presión norteamericana. Actuó con testarudez gallega. No rompió relaciones con Cuba. Su actitud fue firmísima”.
El régimen de Franco aplicaba en sus relaciones exteriores la “Doctrina Estrada” (se reconoce naciones, no gobiernos), pero los lazos históricos y sentimentales con Cuba eran muy fuertes como para romperlos. Además de la entonces “tradicional amistad con los países árabes”, se consideraba esencial la política de relaciones con las naciones hispanoamericanas, que siempre, con raras excepciones como México, apoyaban a España en las organizaciones internacionales.