Causa perdida

Nunca tan pocos hicieron el ridículo ante tantos. De no ser por la dureza del tiempo político que se avizora en Cataluña, casi podríamos pensar que hemos asistido a la puesta en escena de un guión teatral escrito por Arrabal con decorados pintados por Salvador Dalí. Tal es el grado de esperpento trufado de surrealismo. Carles Puigdemont ha conseguido enmendar la plana al mismísimo Tarradellas. Aquél gran hombre estaba convencido de que en política el único lugar del que no se regresa es del ridículo. Lo decía porque no llegó a conocer a Puigdemont.
La patética jornada vivida en el Palau de la Generalitat el jueves 26 de Octubre da idea de qué manos pilotan el proceso secesionista. Puigdemont que llegó al "prime time" de la política catalana como marioneta de Artur Mas decidió que lo suyo no iba a quedarse en un simple cameo. El personaje le desbordó. A fuerza de entrevistas con la prensa extranjera se instaló en una burbuja desconectada de la realidad. Sobre su grado de levitación arroja luz la estrafalaria intervención parlamentaria en la que tras proclamar la independencia de Cataluña, ocho segundos después, anunció que la suspendía. O el vodevil del jueves que rozó el cenit de los saltimbanquis. Dicho esto, y, ante los reiterados incumplimientos de las leyes, desacatos a las sentencias del Tribunal Constitucional y el grave incumplimiento de sus obligaciones por parte de la "Generalitat", al Gobierno de España no le ha quedado más salida que anunciar la destitución del presidente Carles Puigdemont y del resto del "Govern".
Tras la aprobación en el "Parlament" de las llamadas leyes de referéndum y desconexión, la aplicación del Artículo 155 devenía inexorable. El Estado de Derecho perece cuando sus leyes no obligan por igual a instituciones y ciudadanos.
Qué duda cabe, que a partir de la destitución del "Govern" y de la tutela del "Parlament", en Cataluña se abre un período de zozobra política y de previsible reacción social. La calle. La calle que hasta ahora controlan las organizaciones afines a la causa separatista cobija la principal incógnita de lo que está por venir. Pedir cordura a los dirigentes secesionistas es una causa perdida así que habrá que hacerse a la idea de que en aquella parte del territorio español se abre un período de gran incertidumbre.