Opinión

Lo nacional y Podemos

¿Por qué Podemos tiene esa inquina a todo símbolo nacional o tradición sociocultural de la propia identidad española tradicional?
De manera reiterada, yo diría que casi compulsiva, los más significados dirigentes de Podemos han venido manifestando de manera pública y notoria no sentirse españoles como tales y que determinados símbolos como la bandera, el himno y demás carecen de todo significado emocional para ellos. En este sentido, el más expresivo es Pablo Iglesias, que se define como “patriota de la democracia”. No deja de ser una opción personal, del mismo modo que algún cineasta —que recibe premios nacionales— afirma no sentirse miembro de la comunidad que se lo otorga; es decir, no sentirse español, lo que no deja de ser una peculiar incongruencia.
Pero en el caso de Podemos y sus subcontratas, allá donde pueden, trasladar estos prejuicios personales al orden político e institucional, como si respondiera a una demanda o un sentimiento generalizado de la sociedad.
Como nos enseña el profesor Sartori, no se debe confundir la representación política, con la legal y la sociológica. Es decir, un determinado político, que ocupa un determinado cargo, ostenta la representación política de quienes piensen como él o asuman su ideología; ostenta la legal a través del cargo para el que ha sido elegido o designado; pero eso no supone automáticamente que ostente la representación sociológica mayoritaria, porque, en el caso de España, puede ostentar el poder quien representa a opciones minoritarias.
Es curioso, en el caso de Podemos, que siendo una opción que reclama y ejerce una eficiencia notable en cuanto al laicismo del Estado, albergue en su seno un “Círculo musulmán” específicamente; pero no de otras creencias y religiones. Y ese grupo plantea además sus propias reivindicaciones.
Al tiempo, huelga repetir por manidos los casos repetidos de ataque, borrado, desnaturalización o propuesta de supresión de toda manifestación pública de determinados hábitos, tradiciones, usos y actos socioculturales que, bien por su origen o por su práctica tengan alguna reminiscencia u origen religioso o algún componente de este tipo. Que la alcaldesa de Madrid desnaturalice los Reyes Magos o la Semana Santa tradicionales en cuanto a manifestación pública de un sentimiento y una tradición urbanos, pero que al tiempo apoye públicamente el Año Nuevo Chino o el Ramadán es difícil de entender.
Pero hay otros casos no menos peculiares. Ya hemos citado la ausencia del alcalde de Santiago, de una de las subcontratas podemistas de todo acto jacobeo. No deja de ser llamativo que este regidor, siempre cubierto con una visera, ignore el elemento clave de la proyección universal de su propia ciudad, verdadera marca que la proyecta en todo el mundo, precisamente por lo mismo a lo que este caballero vuelve la espalda de modo tan ostensible, como ridículo.
Y este mismo personaje con su compadre de A Coruña han dejado de asistir a la Ofrenda Nacional del Reino de Galicia, por entender que es un modo de expresar la separación entre la Iglesia y el Estado, y por lo tanto, trasladando sus ideas al conjunto de la representación de sus ciudades, han causado baja en esta tradición.Pero este acto simbólico tiene otros elementos. La custodia o el cáliz es el símbolo nacional que expresa la identidad de Galicia desde hace casi cinco siglos, y en la catedral de Lugo está expuesto de manera permanente –con su significado religioso obviamente- desde hace casi otros cuatrocientos. 
El acto de la ofrenda tiene un fuerte componente político: la expresión de la propia personalidad de Galicia como Reino, visibilizado una vez al año. Estos dos alcaldes citados ya no representan a sus ciudades, pero no consta que hayan preguntado al vecindario si está de acuerdo con esta mutilación de la historia.
El estilo de la casa no es otro que borrar, quitar, suprimir, sin poner nada en su lugar.Si es en Sevilla, proponen suprimir las procesiones y si es otro lugar cualquier, arramblar con todo lo que tenga alguna connotación que no se acomode a sus propios apriorismos. Pero la culpa no es suya, sino de quienes les han ayudado a colocarse en posición para ir destruyendo cada día un poco la expresión más genuina de lo que nos era cotidiano. Y eso no es progreso.
 

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