Un Papa humano

La historia del papado es apasionante. Desde el siglo quinto a esta parte de la existencia cuanto ha sucedido en la cúpula de la Iglesia es la más extraordinaria epopeya de la humanidad. Ningún reinado terrenal ha logrado sobrevivir ni tanto ni de forma tan compacta, no obstante de las divisiones o deserciones de algunos sectores, léase ortodoxos, anglicanos y protestantes, como más significativos; mírese el fulgor y desaparición o depauperación de congregaciones y sectas internas –templarios, cirtercienses, cartujos, franciscanos, carmelitas…-. Todas las tormentas han pasado con uno, dos y hasta tres Papas en algún momento; con una posible Papisa, disfrazada de Benedicto III o quizás de Juan VIII; con Papas militares o santos monjes, alquimistas o iluminados, maestros de la paz o simples oportunistas…
Todos esos Papas han ostentado la representación de Dios en la Tierra, aunque en muchos periodos históricos no han dejado quedar muy bien a su patrón. Sin embargo esa prerrogativa ha resultado vital para el control de los poderes bajo los territorios cristianos. Han sometido a emperadores, reyes y gobernantes ante la amenaza de utilizar su influencia en el cielo para lograr salvaciones o condenas eternas. Una mecánica que le funcionó al Vaticano hasta hace cuatro días.
Pero un importante sector de la Iglesia católica aún mira al mundo desde la vieja óptica, con la que mantuvieron ese poder terrenal, y la española está a la cabeza del sostenimiento de aquel espíritu. Quizás por ello la entrevista que Jordi Évole le hizo la pasada semana al papa Francisco nos ha gustado tanto a miles de no creyentes, quienes respetamos la existencia de la religión, aunque ni la necesitemos ni la practiquemos hipócritamente. Yo personalmente estimo que las religiones siguen siendo necesarias para el bienestar de muchas personas. Lo que no considero adecuado es que se conviertan en instrumentos políticos para mover las masas.
Desde hace mucho tiempo ni los ministros de la Iglesia creen en la infalibilidad del Papa pero nunca hasta estos días la humanidad se había sentado ante un televisor para escuchar a un Papa totalmente humano, sin ningún tipo de revestimiento ni de aureola magnífica. No sé si existe precedente de una conversación semejante ante las cámaras, pero la difundida el pasado domingo nos ha transmitido la verdadera realidad de un viejo poder al que le está costando muchísimo entender el nuevo mundo nacido al final de la Segunda Guerra Mundial, con la implantación del capitalismo consumista, con el triunfo de la economía sobre cualquier pensamiento espiritual, con la liberación de las mujeres, con la globalización de las comunicaciones…
Pudimos ver que el papa Francisco conoce y entiende el nuevo sistema y que, desvinculado de toda utopía mesiánica, reconoce y acepta las oxidadas bisagras que impiden abrir de par en par las puertas del cristianismo para que el futuro entre en sus templos, cada década más vacíos de creyentes y más visitados por turistas y amantes del arte, de la arquitectura o, simplemente, de las curiosidades trasnochadas. Me pareció ver en el papa Francisco la encarnación de las profecías de Nostradamus y san Malaquías, a ese anunciado Papa negro del final de la epopeya vaticana. Por lo que lamenté que Jorge Mario Bergoglio no hubiera llegado al papado más joven cargado de la energía y el tiempo vital necesarios para evitar el apocalipsis de los profetas.