El triunfo del diablo

El triunfo del diablo

Cinco años después de su sorprendente llegada a la cumbre de la Iglesia católica rodeado de esperanzas de cambios y progreso, el Papa Francisco ha dado muestras de no controlar todos los resortes del poder en su organización. Con motivo de la celebración del cónclave contra la pederastia en el seno de la Iglesia, (22-24 de febrero), en una reunión de 190 presidentes de Conferencias Episcopales, las intenciones de Francisco han chocado contra el muro del inmovilismo propio de la curia más oscurantista. El balance debe ser aceptado, sin cortapisas, como una importante derrota para el aireado espíritu renovador del Papa. 
Para colmo de males, con la insólita reunión, -que nada tiene que ver con un Concilio al uso-, ha coincidido la condena por pederastia y detención del cardenal Pell, número tres en el organigrama del Vaticano. Lo que viene a demostrar, una vez más, que este delito alcanza una terrible raigambre y gran tolerancia entre importantes sectores del clero.
La valentía de Francisco pretendiendo “adoptar medidas concretas y eficaces” ha concluido con una rendición al diablo y sus pompas, al seguir considerando pecado íntimo actos que en realidad son delitos públicos. La decepción de las víctimas acentúa la desesperanza de quienes vieron en este Papa al hombre capaz para abrir las puertas de la transparencia, de la modernización, del acercamiento a la sociedad real e, incluso, a las mujeres en igualdad de consideración y trato. Evidentemente no contaban con la sombra alargada del diablo.
El pecado nefando -la sodomía-, llegó a ser considerado por la Iglesia como “el gran pecado” o simplemente “el pecado” y a Satanás su artífice destacado. Ahora vemos que el concepto de pederastia le ha ganado terreno, amplitud e indignidad a la vieja práctica que era vox populi, porque rondaba los colegios, seminarios, conventos y confesionarios con impunidad. El poder del mal en el seno de la Iglesia se ha “modernizado”, porque el mal, no nos engañemos, es consustancial de la inteligencia humana y siempre nos acompañará.
El mal en las sociedades democráticas tiene muchas deidades –crimen organizado, mafias, corrupción, violencia de género, trata de blancas…- y sus manifestaciones son tipificadas como delitos. En las religiones, regidas por teocracias, se personifica en un espíritu ducho para introducirse –como si ya no estuviera dentro desde el nacimiento del ser- en los cuerpos y mentes humanas. En el catolicismo se llama diablo y otra retahíla de nombres según el tiempo y las circunstancias. Pero sus maldades solo se consideran pecados.
En este contexto, durante la lucha interna de tradición contra modernidad del cónclave, el diablo apareció en auxilio del acorralado Francisco y se ofreció como coartada, para mantener un hábito secular que al viejo catolicismo siempre le vino bien. Se decidió sostener a los pederastas como instrumentos del diablo y a sus atentados contra la dignidad de las víctimas como pecados. La Iglesia seguirá predicando la benevolencia y comprensión para quienes tras delinquir estén dispuestos a la confesión secreta, al arrepentimiento íntimo, a una leve penitencia y a volver a caer “porque somos débiles criaturas del Señor”. ¡Malos tiempos para la justicia, el diablo sigue triunfando!