Morra o conto

El primer mono que tomo una piedra para partirle conscientemente la cabeza a su compañero de rama, tomó el camino de la evolución que desembocó en su irremediable condición de humano. El primer golpe lo dio seguramente por simple supervivencia, quizás por alimento, o tal vez por satisfacer su necesidad de apareamiento con una monita de la que se sentía enamorado, aún sin saber que esta emoción era propia de una especie aún por llegar.
De ahí, a partir cráneos por ganar espacio en el árbol o por liderar y conservar unificado su territorio: unos cuantos siglos y mucha política. Inventamos patrias, banderas, fronteras, himnos y sentimientos impostados que muchos ponen -de manera irracional- incluso por delante de las necesidades básicas de la vida y por supuesto de la paz social. Cuidado con el patriota, que explota. Cuando los argumentos no son suficientes para la defensa de las emociones surge la manifestación y la violencia de salvapatrias y nacionalistas exaltados, que confluye en las calles con la violencia gratuita de aquellos que la practican por mero placer, que no tienen más argumentos que disfrutar reventando lo que sea.
Así estamos en muchas partes del mundo en general y en España y Cataluña en particular. En lo ¿nacional?, independientes frustrados y dependientes apasionados o resignados no nos ponemos de acuerdo. Ni para formar Gobierno. ¿Cómo se va a solucionar entonces el asunto del Procés? Los presos políticos para unos, son políticos presos para otros y la independencia de Cataluña, que es realizable en lo fáctico es imposible en lo jurídico, porque así son las reglas de juego que, no obstante, también se pueden cambiar. 
Como gallego creo entender el sentimiento y la emoción de sentirse catalán, de compartir las raíces sociales y culturales de una comunidad, de amar una tierra que llevamos en el alma. Pero nosotros los gallegos, que inventamos el sentimiento más nacionalista que existe –la morriña- no tenemos mayor problema con ser también españoles, porque “éche o que hai”. O no, depende. Pero no nos vamos a poner rabudos, porque tanto nos da. 
El conflicto catalán -o español- no tiene solución, porque tampoco la tienen las personas que defienden un derecho de autodeterminación que no existe, al menos al amparo del ordenamiento jurídico que nos hemos ido dando desde que dejamos las tribus o las taifas. Como la cabra tira al monte, por ahí andarán siempre unos y otros, sin caer de la burra. Y no pasa nada, que la democracia está para no ponerse de acuerdo y seguir con “outra vaca no millo”. Lo que no es admisible es la resistencia violenta, el daño grave a la convivencia, tanto en las calles como en las manifestaciones irresponsables de los líderes políticos o “figuras” como Guardiola. El Estado de Derecho debe poner fin a esta vergüenza y ponerse a hablar. Y si de paso pueden trincar a Puigdemont, que marchó porque tenía que marchar…  Morra o conto.