El aojamiento de Borrell

El aojamiento de Borrell

Así como Yahvé tuvo, al parecer, insuperables dificultades para encontrar a alguien decente en Sodoma y en Gomorra, un imaginario tribunal para la selección de ministros, prebostes, diputados, consejeros, subsecretarios, alcaldes y demás cargos públicos, se las vería y se las desearía para hallar en España a alguien que no hubiera incurrido alguna vez, o muchas veces, en ilícitos y trapacerías. Al final, puede que lo encontrara, pero lejos de la política.
Josep Borrell, al que parecen crecerle últimamente todos los enanos, acaba de ser multado por la CNMV con treinta mil euritos por deshacerse de sus acciones de Abengoa, de la que era consejero, un día antes de que su valor se desplomara en la Bolsa, quedando acreditado que ello no se debió a un pálpito, ni a una corazonada, ni a una bursátil visión premonitoria, sino sencillamente a que disponía de privilegiada información sobre el estado real de la compañía y de que sus acciones se iban al carajo. Siendo Secretario de Estado de Hacienda en un gobierno de Felipe González, Borrell, el mismo Borrell solo que más joven, atizó sin piedad a la eximia Lola Flores cuando se descubrieron sus lagunas, gigantescas lagunas, con el Fisco.
Borrell no va a pedir una peseta a cada español, como hizo La Faraona, para saldar su deuda con el Erario, porque ya no hay pesetas, porque no va con su estilo y porque esa deuda, la de la credibilidad, no se salda con el pago de una multa. Sin embargo, sí podría pedir a los cielos, implorar más bien, que apartara de sí el amargo cáliz del que se le invita a beber de un tiempo a esta parte, o, cuando menos, el aojamiento que padece, prácticamente, desde que se dedica a la política. Vencedor en las primarias de su partido, allá por el 98, frente al hombre del aparato, Almunia, el dicho aparato tardó poco en defenestrarle al socaire de otro escándalo hacendístico, el fraude fiscal de uno de sus hombres de confianza, y ahora, veinte años después, otro aparato, el del Podemos "amigo", vuelve a segarle la yerba del suelo que pisa.
Los independentistas catalanes le llaman de todo menos bonito y alguno de ellos hasta le escupe, los sioux, los apaches y los seminolas le tildan de racista por un comentario ciertamente poco feliz sobre el exterminio de los indios de norteamérica, y la partida de la porra de la derecha le pone a parir por lo de Gibraltar y el Brexit. Paradójicamente, Borrell parecía caer bien a casi todo el mundo, pero hay aojamientos, sobre todo los que uno se propina a sí mismo, que acaban con uno.