Los otros mejillones

Los otros mejillones
La pedantería culinaria es un mal al que desgraciadamente nos hemos acostumbrado en un tiempo en el que el arte de comer ha sufrido tantas vueltas de tornillo que cuando uno se asoma a los espacios gastronómicos se pregunta con cierta aprensión cómo hay que maravillárselas para que cuando uno pide un par de huevos fritos con patatas le sirvan precisamente eso y no una interpretación de la vieja receta en forma de sofisticado trampantojo. Todos los medios de comunicación hablados, escritos o en imágenes, cuentan entre sus secciones una potente oferta pródiga en recetas, preparaciones, consejos, cocinados, análisis de producto e infinidad de especulaciones sobre el tema, cuyos contenidos están en manos de expertos que han llevado la materia a sus más altas cotas de esnobismo. Y de pedantería, por tanto. De no ser así, no parece posible que nos asalten a estas alturas de la película con las divinas excelencias del mejillón “bouchot” francés, al que los críticos gastronómicos han elevado a la categoría de excelsa como si este país nuestro no tuviera la inmensa fortuna de contar con unas rías gallegas en las que se cultiva el mejor mejillón del mundo con diferencia abismal. Rendirse a las excelencias de un producto que llega del Mont Saint Michel y que al parecer es tan exquisito porque, a consecuencia de las mareas, pasa media vida bajo el agua y la otra media en seco –solo se alimentan la mitad de sus días y por eso son más pequeños que los nuestros y más recortaditos- es, en mi opinión no solo una solemne pedantería producto de la errónea interpretación del concepto de la excelencia, sino una mala jugada para con un producto como el mejillón de las rías gallegas cuyas extraordinarias característica le han convertido en famoso por el mundo entero. Para mayor abundamiento, el mejillón de Galicia es un producto bueno, bonito y barato que yo acabo de comprar a 2’5 euros el kilo mientras el mencionado “bouchot” francés -que también es de criadero- cuesta en torno a los 9 o los 10 euros.
No tenemos remedio y nos merecemos todo lo que nos pase. Manos mal que todavía  somos muchos los que nos comemos los nuestros. Al vapor, calentitos y sin otros manejos de por medio. En Pakta de Albert Adriá sirven estos “bouchot” en tiradito, con coco ahumado y algas clodium. Y los cobran bien, por supuesto.