El chiste del gato

El chiste del gato
La deplorable y preocupante situación en la que vive a estas horas la Cataluña tomada a sangre y fuego por independentistas alentados desde las propias instituciones hasta que esta peligrosa práctica se ha ido por completo de las manos, ha obligado también a invertir muchas horas de radio y televisión en el fenómeno. Especialmente abundantes han sido las imágenes a las que las estaciones de televisión han subordinado sus horarios y sus escaletas de programación, para ofrecer en tiempo real los pormenores del conflicto. La devoción que han puesto las cadenas televisivas en estos trabajos ha necesitado también la presencia de un buen puñado de periodistas para narrar  minuto a minuto lo que acontece en Cataluña y para otorgarle también el grado de competencia opinante que la circunstancia supuestamente merecía. Por tanto, entre enviados especiales en cada rincón de Barcelona y sesudos comentaristas de los hechos, una legión de voces se ha dado cita en las ondas. Todos hablando, todos  afrontando el poder irresistible del micrófono y un elegido ramillete de ellos, opinando.
Los del casco –se les recomendó que llevaran casco para seguir los tumultos porque los chicos de la independencia tiraban hasta tapas de alcantarilla como si fuera frisbees playeros- aún tenían munición consistente en el hablar para ilustrar sus propias carreras regateando cascotes. Pero los de la opinión eran otros cantares, porque a la media hora de la correspondiente tertulia, el carrete se había acabado y todos ellos se repetían más que la mortadela con ajo a pesar de sus notables esfuerzos para expresar alguna idea original. La posibilidad de plantear un visión consistente del asunto, sentados todos en la mesa del estudio, defendiendo cada uno una postura política acorde con el medio en el que trabajan y la ideología que  les resultaba más próxima dio lo que dio de sí y a partir de ahí, lo demás ha sido dar vueltas a la misma farola como el chiste del gato jovencito al que sus amigotes veteranos convencen para irse esa noche de picos pardos. Pero en mitad del camino, se encuentran un perro rabioso que los persigue a bocado limpio dando vueltas  a una farola. Tras una hora de persecución el gato jovencito, sudando y aterrado, dice a sus camaradas igualmente al borde del ataque de nervios. “Oye, yo ya os lo digo… follamos una vuelta más y yo me voy a casa”.