Copiando al polaco

Copiando al polaco

Luis Sartorius (Sevilla 1820-Madrid 1871) fue un atrabiliario sujeto de cuna noble y formación mediocre que, sin que los expertos en política  decimonónica sean capaces de explicar convenientemente el fenómeno, acabó presidiendo el país en los tiempos duros del reinado de Isabel II. Era un hombre atractivo para la época, de carácter combativo y ética muy justa tirando a inexistente, que aprovechó los caudales familiares y un título nobiliario heredado, para practicar con carácter autodidacta el periodismo, fundando un periódico en su ciudad natal que llamó “El Heraldo” del que se valió para saltar la barrera e iniciar una carrera como político del partido moderado que le valió la consideración de Ramón Narváez. Como Dios los cría y ellos se juntan, el general granadino acabó nombrándolo ministro del Interior, y de ahí a la fama. Férreamente conservador, duro e intolerante, acabó presidiendo pasmosamente el Gobierno tras la caída de Bravo Murillo, y cuando el Parlamento se le puso chulo y le humilló con tres derrotas seguidas, no tuvo apuro alguno en disolver las cámaras, cerrarlas sin otro argumento y gobernar por decreto. 
Sartorius –cuyo apellido se consideró vagamente centroeuropeo y por eso sus seguidores, que los tuvo, fueron conocidos como “los polacos”- aguantó así un año entero tirando de decretazo  con Congreso y Senado clausurados y sus señorías en casa. No contento con semejante hábito de Gobierno, utilizó esas mismas disposiciones y el mismo sistema para perseguir con saña a sus rivales políticos a los que abrasó a base de mandamientos que no tenía que discutir con nadie porque las Cortes estaban vacías y la llave la tenía en su chaleco. Periodista de oficio, sus colegas más críticos y por tanto más molestos fueron su primer objetivo. Blandiendo decretos, los persiguió, silenció y encarceló. Así aguantó, a decretazo limpio, hasta la Vicalbarada del 54 que lo puso en la calle.
Gobernar por decreto es el método más reñido con el espíritu de la democracia parlamentaria que yo puedo imaginar. Se trata de un sistema abusivo y feroz que nada quiere saber de debates, oposición y fundamente político, y aprueba desde el poder según conviene y sin que las otras fuerzas presentes en Senado y Congreso puedan intervenir. En mi opinión es lo que más se parece en democracia a una dictadura.
Pues se está haciendo, y se hará hasta el último momento. En mi opinión, una verdadera vergüenza.