Opinión

Arriba el periscopio

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Arriba el periscopio

Los que estamos en esta fase, hemos asomado la cabeza como si fuera el tubo del periscopio de un submarino y lo hemos encontrado todo francamente precioso. De hecho, todo luce potente y luminoso, como si en lugar de sesenta días hubieran pasado sesenta meses sin recibir el sol en el rostro. De hecho, sentados definitivamente en el asiento del conductor, hemos percibido que la gente ha perdido el hábito de ratonear al volante, y se mostraba más torpe y lenta de reflejos en el diario ejercicio de ganarle la posición al conductor contrario. Hasta el lunes, no se podía ir a la playa en plenitud, pongamos por caso. Mucho más complicado aún  contando con el caótico catálogo de especificaciones ofrecido por el Gobierno, que no solo no aclaraba nada sino que tenía la dudosa virtud de complicarlo todo mucho más aún de lo que lealmente corresponde. Uno no sabía exactamente qué podía hacer tras llegar al lugar de los hechos, sobre todo porque la ardua misión de explicar las disposiciones que habrían de regular el acceso a playas y arenales, corría a cargo de la ministra portavoz. Y si Montero toma la palabra, lo natural es que uno no se entere de nada. Una extensa parte del territorio ha ingresado en esta fase II en la que uno de los puntos más calientes era conocer con exactitud qué hacer exactamente en el divino instante en el que, plantado en mitad de la arena, con la toalla al hombro, liberado de ropajes, luciendo el primer pantalón de baño o bikini de la temporada, el contribuyente (él o ella, poco importa) se pregunta qué puede hacer, hasta dónde puede llegar, cuánto puede permanecer, hasta dónde se puede mojar, se le permite tomar el sol, se le permite nadar, se le permite bucear, puede sacar la tortilla y los bocadillos de jamón, está facultado para untarse de crema bronceadora, tiene derecho a carajillo, hay luz verde para jugar una pachanga… Son muchas preguntas, hay muchas incógnitas y soluciones en firme, muy pocas.

Da igual. Los días son hermosos, el agua es cristalina y los animalitos de Dios que pueblan los entornos naturales parecen más potentes que antes del confinamiento. Uno le echa un ojo a los múgeles que brujulean bajo cada espigón y los encuentra en plena forma, de modo que pone tierra de por medio, no vaya a ser que se incomoden. Los cangrejos parecen nécoras, las nécoras parecen centollas y las centollas… Si don Julio Verne levantara la cabeza, vaya novela…

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