Ser como un Dios

Gnóthi seauton” (conócete a ti mismo). Estaba inscrito en el pronaos del templo de Apolo en Delfos, a donde me llevaron mis andanzas. El caso es que yo me avergüenzo de ser yo: valoro principios rancios: el respeto a los mayores, el acatamiento de las normas, la propiedad privada, “las mujeres y los niños primero”, y toda esa bazofia. 
De pequeño me inculcaron unos preceptos de los que, de mayor, hice una entresaca: cumplo el mandamiento 4 (honrarás a tu padre y a tu madre), el 5 y el 7 (no matarás, no robarás), a duras penas el 8 (no dirás falso testimonio ni mentirás); contra el 6 y el 9 no batallo, me entrego: soy lujurioso y codicio las mujeres del prójimo. 
Rezo el Padrenuestro, eso sí, la plegaria más humana que pudo enseñar un dios: “danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden y líbranos del mal”. Me sobran todas las demás teologías, todos los dogmas y todas las liturgias; todas las religiones se me antojan una farsa, con lo cual soy un pecador y un infiel: cualquiera puede lanzarme la primera piedra, o volarme por los aires en nombre de cualquier profeta. 
No soy bisexual, bien que lo siento, que dicen que no depende de uno, que es como tener los ojos verdes o ser alto; pues ni eso: mis ojos son color caca de la vaca, y en cuanto a la estatura soy hecho a escala: ocupo menos, depredo menos, contamino menos, y cumplo como cualquier grandullón; pero las féminas, ¡ay!, se pirran por la alzada, burro grande ande o no ande, dicen; aunque es sabido que la grandeza de una persona no se mide por su estatura, sino por la magnitud de su corazón.   
Tampoco soy mujer: no estoy en peligro de extinción, no soy especie protegida, no he mutado de presa a cazadora, no puedo fingir orgasmos, ni tener la seguridad de que mis hijos son míos; además soy patriota, amo a España, estoy orgulloso de su historia. Soy, pues, carne de mofa y de retuit.
En resumen: soy un don nadie; un simple “hetero” sin ni siquiera el orgullo marrueco de ir marcando paquete; tampoco soy minoría étnica, ni religiosa, ni social. Debería tener derecho a una ayuda, digo yo, o a una ley que me discriminase de forma positiva, o a una fiesta reivindicativa con confetis, con pancartas, con políticos haciendo suya mi causa y con mi minuto de gloria en los telediarios. Pues tampoco. 
Menos mal que soy pagano y confío en el oráculo de Delfos: “En ti se halla oculto el Tesoro de los tesoros. ¡Oh! hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses”. Ah, esos clásicos, siempre tan ocurrentes. Resulta que al final soy como un dios.