Saber irse

La vida ni siempre nos depara situaciones felices. Incluso algunas injustas o al menos discutibles decisiones postergan y nos ponen fuera del lugar que apeteceríamos. Son los avatares de este mundo tantas veces con incomprensiones y sinsabores que, por otra parte, si se saben afrontar con estilo y gallardía revelan la categoría de quienes son capaces de afrontar la realidad. Porque en esta línea, el saber retirarse, dar un paso a un lado y en definitiva irse y hacer mutis por el foro enaltece a quienes adoptan estas actitudes. Enrocarse en el poder y perpetuarse en él sin ser capaces de asumir la realidad revela poca altura.
Y por desgracia los humanos muchas veces nos obnubilamos desconociendo la realidad diaria y marginando el bien común. El apegarse al sillón a cualquier precio cuando menos revela falta de categoría. Y el dar un portazo como última respuesta a quien juzga oportuno el cambio revela muy poca altura. Por desgracia, tanto usted como yo conocemos un montón de situaciones de personajes que al cesar se enrolan en el “sindicato de cabreados” que decía un político ourensano ya fallecido. Se cuentan por centenares.
Personalmente opino, si se me deja, que el tal “cabreo” revela muchas cosas. La primera y fundamental es que ni todos van a los cargos con el afán de servir para lo que “supuestamente” es elegido y sus intenciones son bien otras. El honor, los emolumentos, la notoriedad… y un sinfín de motivos ocultos que pierde el personaje al ser defenestrado. Esta es la realidad y en el campo de la política menudean elementos que se mueven en estas coordenadas que apuntamos. Porque, y esa es otra, algunos se creen imprescindibles y como elegidos por Dios desde la eternidad para regir los destinos de los pueblos, las comunidades y la misma sociedad. Y eso es gravísimo e indica muy poca inteligencia. Desconfío, y mucho, de aquellos que, al cesar, se dedican a poner palos en las ruedas del coche de su sucesor. Colaborar con el sucesor indica altura de miras, generosidad y muchas cosas más…    
Y atravesamos una época aquí y acullá, en España y Venezuela, Argentina y muchos otros países, en los que el sillón apetece a más de uno y a él se aferran sin importarle el bien del pueblo, el bienestar de aquellos a los que están llamados a servir con mirada altruista y sanas intenciones. De ahí viene el deseo de prorrogar mandatos para perpetuarse en el apetecible sillón. Es una asignatura que se conocen muy bien los dictadores, que los ha habido y, por lo que se colige, y pese a autodenominarse demócratas, los sigue habiendo por doquier. Y en el fondo en estas actitudes radica en gran parte el inicio de guerras y confrontaciones que acaban sufriendo los mismos ciudadanos. Triste pero palpitante realidad que observamos continuamente.
Si somos capaces de ver objetivamente la historia de los pueblos observaremos que muchos mandatarios llegaron al poder por las urnas y se perpetuaron con golpes que los convirtieron en dictadores. En iluminados mandatarios incapaces de asumir las más mínimas exigencias de la democracia. Ha sido el camino de muchos que acabaron siendo los tiranos de su pueblo, comenzando por Hitler y que hoy surgen veladamente en varias partes del mundo por mucho que lo nieguen y disfracen, van por el mismo camino.
En suma, el saber irse a tiempo es y seguirá siendo una virtud que debieran asumir todos cuantos acceden a un puesto de mando. Y muy grave, mezquino y cicatero es aquel que al cesar se niega en redondo a ayudar a su sucesor.