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Resignación de costaleros y damas

Atlántico | 01 de agosto de 2020

Mercedes Fernández y Fernando Pazos en su visita al Cristo hace unos días.
Mercedes Fernández y Fernando Pazos en su visita al Cristo hace unos días.
La familia de Pazos Fernández participa activamente en la salida del Cristo desde hace décadas y le cuesta imaginar un primer domingo de agosto sin acudir a cita en la Concatedral

 “Yo iré a la Colegiata a escuchar la misa mayor, a ver si puedo entrar porque el aforo es muy limitado”. Fernando Pazos lleva 25 años de costalero. Es el encargado de subir para desenganchar al Cristo del altar en el Descendimiento y volver a colocarlo con otros dos compañeros el jueves siguiente. “A comienzos de agosto no hacemos planes desde hace años”, afirma. Tomó el relevo de Manuel Álvarez, portador de la fe, que cuando se retiró le dejó también como guía de la Virgen María, el 16 de agosto, y de la Dolorosa y el Cristo Yaciente, en Semana Santa, todos pasos de la Concatedral.
Su mujer, Mercedes Fernández, es dama del Cristo. Forma parte de las veinte mujeres que vestidas de negro y con mantilla de gala preceden el paso de la imagen. “Es muy especial, aunque es el mismo recorrido cada año resulta diferente”. Con problemas de corazón, Mercedes pasará el día en casa: “Me recomiendan evitar las aglomeraciones”.

La enfermedad cardíaca de Mercedes provocó que su padre iniciase el vínculo familiar con el Cristo de la Victoria. José Fernández Barciela, con 77 años, es el costalero en activo más veterano con medio siglo tirando del carro. “Me ofreció cuando tenía dos años, él llevaba al Cristo y mi madre me llevaba a mí en brazos hasta que ya no pudo con mi peso, esa era su ofrenda”. 

Reconoce que sus primeros recuerdos de la procesión son un poco traumáticos: “Me daban mucho miedo las imágenes y cuando veían que mi madre cargaba conmigo, siempre había la quien le llamaba la atención porque yo ya era mayor y podía ir andando o quien se ofrecía para cogerme un tramo, pero cada uno sabe lo suyo y esa era la promesa que había hecho”.
La cancelación de la procesión les dejo algo desconcertados. “El día del Cristo es un día muy especial en casa, preparamos la ropa y comemos temprano para estar ya por la tarde; fue muy doloroso cuando nos confirmaron que este año no saldríamos, lo temíamos, pero aún guardábamos algo de esperanza”, reconoce Pazos.

Acostumbrado a la tensión del Descendimiento ese es su momento más especial. “Es un privilegio estar tan cerca, poder tocarlo; tengo que estar muy concentrado, con los cinco sentidos en lo que hago para que la talla no choque en ningún lado, baje despacio, anclar bien la cuerda, no hay que ponerse nervioso”.
Mercedes, una habitual de la misa de los enfermos, echará de menos la despedida del Cristo en Porta do Sol: “Es muy emocionante cuando le cantan el himno y le ofrecen flores; hay mucha gente llorando; es muy bonito verlos a ellos (a los costaleros) frente a la imagen”. Este año todos prefieren guardar las distancias, “nadie quiere quedar”, afirma Pazos, que junto a su mujer, ya acudió hace unos días a visitar al Cristo.

Relevo generacional

Deborah Pazos, hija de Fernando y Mercedes, también es devota del Cristo. Le gustaría coger el relevo de su padre o de su abuelo, pero por el momento el grupo de costaleros no es proclive a acoger mujeres. “Hubo una, pero acabó marchándose”, afirma Pazos, a quien le gustaría pasarle el legado.
“Ya me ha sustituido como guía con la Virgen María, el día de la patrona y con el Cristo Yaciente en Semana Santa, le gusta ir en procesión”. Apunta que cada paso es diferente, sobre todo por el peso. La Dolorosa, de la que Mercedes es la portadora del pendón, necesita más costaleros, hasta trece.
La implicación de la familia con las expresiones religiosas se completa con la participación de María Emma, la abuela, en la Hermandad de La Piedad, el paso más antiguo de la Concatedral. “Somos una familia creyente y practicante, no me da vergüenza decirlo”, puntualiza Fernando Pazos.

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Pazos, en el Descendimiento; a la derecha, Mercedes, como dama del Cristo con su padre José Barciela, el costalero más veterano.

 

Veinte nuevos cofrades

Con todas las precauciones que exige el coronavirus, la Cofradía del Cristo de la Victoria dio ayer la bienvenida a las nuevas altas. Este año fueron 22 los cofrades que recibieron la medalla y la insignia de manos de la hermana mayor, Marora Martín-Caloto después de la novena. La cifra fue algo inferior a otros años por las circunstancias especiales. Sin embargo, el acto sobrio y la intimidad, guardó toda la emotividad que en ediciones anteriores.

Con todas las precauciones que exige el coronavirus, la Cofradía del Cristo de la Victoria dio ayer la bienvenida a las nuevas altas. Este año fueron 22 los cofrades que recibieron la medalla y la insignia de manos de la hermana mayor, Marora Martín-Caloto después de la novena. La cifra fue algo inferior a otros años por las circunstancias especiales. Sin embargo, el acto sobrio y la intimidad, guardó toda la emotividad que en ediciones anteriores.

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