Imprimir

Adiós Inglaterra

James Skinner |

Atlántico | 19 de Enero de 2019

No lo digo porque Inglaterra desaparezca del Reino Unido o de Europa sino por ser un país al que dedique más de 35 años de vida profesional en dos multinacionales, como cónsul honorario de la nación de Breogan y que ya no reconozco. Tampoco lo relaciono con todo el follón montado por el Brexit que ya son dos años y medio aguantando el circo político y mediático en ambos lados de canal. No, es gracias al último viaje - increíble, por cierto - que hice a Manchester y Londres hace 4 años a recibir un premio de literatura después de haber vivido los últimos 30 en España. Curiosamente escribí un pequeño diario de este viaje y os presento un resumen para que juzguen él porque del título de esta nota. ‘Cojo tren Vigo Bilbao. Once horas de viaje impresionante. Escenarios fantásticos de valles y llanuras. Bilbao. Noche hospedado en ‘zazpi kalga’ (casco viejo). Vino y tapas de boquerones. Día siguiente 3 horas museo Guggenheim.  
A la entrada un gato gigante de flores. Exposición especial Yoko Ono. Luego paseo por ciudad. Precioso, limpio moderno. Una sola sirena irrumpe el silencio. ¿Bombero, poli o ambulancia? Vuelo de Bilbao Manchester. Llego 17:00. Taxi a hotel. 120 libras la puñetera noche. Recepcionistas pakistanís. Hablan mal inglés. Con razón. Llega personal de vuelo de Pakistán Airways. ¡Ah! Estoy en el sector antiguo de la ciudad. Salgo a dar un paseo por calle peatonal. ¡Uf! Todo sucio. Miro a mi alrededor. Parecen todos extranjeros. Doy la vuelta por un supermercado. Todo empaquetado. Ni carnicero ni pescatina. Tomo un café y vuelvo al hotel. Un ascensor no funciona. Pongo la televisión. ¡Un canal de Arabia Saudí! No es Al Jaazera. Día siguiente ducho. Sí, hay agua caliente, me visto, bajo y pido desayuno inglés. Asco. Saco mapa para encontrar local donde se celebra la entrega. Un edificio en barrio bajero frente a una tienda de sexo. Por lo menos me encuentro con otros escritores. Aquí todo bien. 
Día siguiente tomo café con un corasán fuera del hotel. Taxi al aeropuerto. Por fin, un taxista que es un inglés de verdad. Vuelvo a Bilbao y otra vez al hotel en el casco viejo a pasar la noche. Me siento en casa. Hoy toca futbol en la televisión. Barra llena de cuchipanda. Montaditos de tomate y aceite oliva. Y boquerones. Juega el Atlético de Madrid contra el Sevilla. Jolgorio. Me siento en casa. Día siguiente cojo otra vez el tren. Pasajeros son iguales, muchos jóvenes jugando con los tablets o durmiendo. ¡Qué pena! Se pierden el magnífico panorama de la geografía del norte y parte del centro de España’. Pero no es mi último viaje a Inglaterra. 
Meses más tarde una reunión de los ‘últimos mohicanos’ de mi profesión y de tres empresas en Londres. Estupendo. Día siguiente visito la zona de la casa matriz del Cable Ingles. Un edificio noble construido en 1954, en el centro de la ‘City’. El Cable ya murió. Hoy está ocupado por otras oficinas. El pub de la esquina cerrado. Lo peor está por venir. Cojo el metro para la zona de Kensington donde residía. Miro a los pasajeros. ¿Dónde están los ingleses? Los turistas se notan. Llevan mochila y mapa de Londres. Vuelvo al hotel. El nostálgico ‘Bonnigton’ de siempre. Por lo menos el desayuno era de verdad. Huevos fritos, bacón, habichuelas, setas, tomate y la salchicha inglesa. ¡Y un buen te! Me marcho. En el aeropuerto me dan el tercer grado. Había comprado bote de mermelada inglesa y pickles especiales. ¡Confiscados! Por la prótesis de cadera, pi pi pi. Por fin en el avión. Adiós para siempre.

Puede ver este artículo en la siguitente dirección /opinion/james-skinner/adios-inglaterra/20190118190237687934.html


© 2019 Atlántico

© Rías Baixas Comunicación, S.A.

Contenidos con licencia Creative Commons