Antropoclastas

¡Seguro!, el lector se preguntará: ¿Qué es un antropoclasta? 

Voy a explicárselo. 

«Antropoclasta» es una palabra que tuve que inventarme en el año 1999 porque no hallé ninguna que expresara lo que necesitaba comunicar en relación a un trágico conflicto bélico finisecular, la Guerra de Kosovo, que enfrentó a serbios y albaneses de la, en aquel entonces, provincia serbia de Kosovo y desde 2008 estado independiente con el nombre de República de Kosovo.

Estaba viendo en un informativo de televisión el éxodo de albanokosovares, huyendo de un probable exterminio, cuando un incontrolable impulso me indujo a escribir de forma cuasi involuntaria y automática, mientras continuaba mirando las imágenes, un poema que titulé Pensando en Kosovo. En cualquier Kosovo. 

Comienza así: «Furtivamente, por la noche / A la luz del día bajo la protección del pánico, / ahogan la razón bajo rojos ríos de sangre necesariamente / inocente.»

Siendo su final: «¡Paleolíticos antropoclastas! / ¿No sabéis que una sola vida humana / —he dicho humana— / es más valiosa que cualquier cultura milenaria?»

Tres años después, en 2002, la Segunda Intifada me inspiró Pazlestina, poema en el que pongo de manifiesto hechos y sentimientos similares: «Un día tras otro / lo veo. / ¡Ya demasiados años hace / que lo llevo viendo! / Desde Sabra y Chatila.» […] «Uno tras otro / van / cayendo / los mejores, / selectivamente, / asesinados.»

La etimología del término proviene del griego: el prefijo ánthropos, significa hombre, ser humano; y el sufijo klân quiere decir romper, destruir. ¿Qué es, entonces, un antropoclasta? ¿Es un asesino? ¿Es un genocida? No es ni una cosa ni la otra sino algo diferente, aunque relacionado con las dos.

En general, un asesino actúa motivado por las circunstancias propias y las de su víctima, más que por lo que esta es en sí misma. Son frecuentes los homicidios para cobrar la indemnización de una compañía de seguros, ser el beneficiario de una herencia, liberarse de una relación insoportable, haber sido traicionado; también por recibir un golpe en el coche, por haber pisado a un bailarín en una discoteca, etcétera. En todos estos casos, y en muchos otros, no se mata  al semejante por lo que es y representa su persona para su ejecutor, sino por la situación en que se encuentran ambos, víctima y verdugo.

Incluso los magnicidios siguen esta lógica coyuntural. Por ejemplo, en España los presidentes del gobierno Cánovas del Castillo, José Canalejas y hasta Carrero Blanco, en la actualidad no serían asesinados, precisamente porque las circunstancias históricas nada tienen que ver con las del momento de su muerte. Fuera de España podemos considerar el caso del zar Nicolás II, ejecutado, junto a toda su familia, durante la revolución rusa, cuya vida en aquel país hoy no correría peligro. 

Por su parte, el genocida comete sus crímenes para exterminar de forma sistemática a un grupo a causa de su raza, religión, identidad nacional o cultura. En este caso, al igual que en los asesinatos comunes, lo que son las personas en sí no tiene apenas relevancia; lo que determina su condena es su pertenencia a un determinado grupo social. Fue lo que aconteció en el holocausto judío.

Pero los antropoclastas no actúan de este modo. Su objetivo no es, como pretenden los genocidas sensu stricto, hacer desaparecer a toda una comunidad humana, sino a individuos concretos que aunque pertenezcan a dicha comunidad no se les elimina por esta razón; se les mata por lo que son ellos mismos y por lo que representan para su pueblo. Por eso el antropoclasta no es un genocida, ni tampoco un homicida ordinario. Sus asesinatos son crímenes «antropoclásticos», y el nombre que define sus actos es «antropoclastia». 

Cierto que no es sencillo diferenciar el móvil último de crímenes con estas particularidades; sin embargo, es evidente que las diferencias existen, de ahí la necesidad de una expresión que las ponga en evidencia.

La Real Academia tendrá que tomar nota e incorporar la palabra «antropoclasta» y términos afines a su diccionario.