El humor del siglo XXI

El humor del siglo XXI

Antes, los chistes y las anécdotas, los chascarrillos, las bromas, los chismorreos e incluso los secretos, se contaban de viva voz. Uno tenía que contarle una confidencia a un amigo y lo citaba en un bar. Había gente especializada en animar las sobremesas apelando a sus habilidades para contar chistes. Te proponías, un suponer, cortarte el pelo, acudías a la peluquería y malo debía ser si de paso no te enterabas de los chismes de todo el barrio. En las tertulias del café –había tertulias de verdad y no las que bajo ese nombre se organizan en los platós de televisión- los hombres hablaban de fútbol y de mujeres como temática obligada aunque lo natural era presumir mucho de entender y de enamorar y al final ni acertabas una quiniela ni te comías una rosca.


Este abanico de diálogo social que reinó durante tiempo ha ido perdiendo terreno a medida que han pasado los años y se han producido avances definitivos en la tecnología digital que han acabado con los viejos hábitos. La Junta de Andalucía ha convertido en delictivo el piropo, e incluso sin que lo hiciera, esta costumbre tan arcaica ni tiene razón de ser a principios del siglo XXI ni siquiera es defendible así que, las cosas como son, cuanto menos se piropee menos papeletas tiene uno para que le partan la cara. Ya no hay tradición oral en el chiste, ya no hay un Eugenio que  se siente en un taburete y, con un vaso de güisqui en la mano pronuncie el conjuro mágico: “¿Saben aquelll que diu…? Hoy lo que se llevan son los mensajes telefónicos que ha derribado fronteras y han aunado lenguajes. Estos días se ha hecho viral –antes ser viral era ser portador de un virus que podía infectar a todo el vecindario- el de un joven que le pide el teléfono a un amiguete para acercarse a Puigdemont y exigirle que bese la bandera de España, cuestión que el prófugo saltimbanqui acata sin rechistar y obedece no una sino tres veces, sentado con gesto reflexivo y mirada amarga, en una cafetería a la intemperie en Dinamarca. Puigdemont le asegura a su interlocutor que no tiene ningún problema en hacerlo porque no tiene problema alguno tampoco con España. El del teléfono se despide muy amable recordando al evadido que irá a la cárcel en cuanto ponga un pie en territorio español. Sospecho que a Puigdemont no hace falta que le recuerden nada. 


Estamos abriéndonos a nuevos conceptos de humor, a nuevas experiencias en las relaciones sociales. Estamos trazando un nuevo escenario. Pero como decía el loro del chiste: “casa nueva, putas nuevas, pero usted el mismo, don Pablo”. Lo mejor es cambiarlo todo para que nada cambie.