Más corrupción, pero menos

Más corrupción, pero menos

Tras el paro, y más que el terrorismo o la violencia de género, la segunda preocupación social de los españoles en marzo fue la corrupción.
El 44,8 por ciento, once puntos más que en enero,  está preocupado por esa corrupción “percibida”, probablemente por la insistencia informativa en los actuales juicios a los corruptos de la primera década de este siglo, cuando esa percepción era casi cero.


Esa es la gran contradicción que no señalan las encuestas sobre impresiones subjetivas, sobre “percepciones”, como esta última del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS): la percepción del pasado se atribuye al presente.


Ahora mismo es más difícil ser corrupto que entre 2000-2010. Los deshonestos ya no se fían unos de los otros y se graban mutuamente; a la primera discrepancia hacen llegar lo que les interesa a jueces o periodistas.


Aparte, han aparecido los subalternos desleales –cajeros, contables, chóferes—, antes fieles a los jefes, que se venden ahora a los fiscales para librarse de la cárcel.
La corrupción que percibe la opinión pública se refiere a esa década prodigiosa de crecimiento, incluso después de del inicio de la crisis en 2008, cuando se incumplieron las promesas de comisiones ilícitas y los defraudadores defraudados comenzaron a denunciar a sus socios.


El cuerno de la fortuna comenzó a vaciarse mientras se elaboraban leyes para evitar supuestamente nuevas corrupciones: conoceremos sus resultados en una década, de seguir la lentitud judicial.


Las series históricas del CIS sobre la corrupción percibida son reveladoras: tras una caída vertiginosa del 34 por ciento de 1994 a menos del cinco en 1997 las líneas siguen así, incluso bajan a cero en 2004, hasta que a partir de 2010, con las primeras denuncias, todavía sin juicios, suben tan vertiginosamente como habían caído antes.