Cosas de abogados

Cosas de abogados

Pues, dilecta leyente, hoy le contaré un par de cosas de abogados: 
Me encontraba en un chiringuito de Playa América (Nigrán), tratando de olvidar mi identidad como abogado, cuando acertó a pasar por allí una caravana de forasteros que más bien parecían sherpas expulsados del Himalaya. Desplegaron sobre la arena una tienda de campaña sin cédula de habitabilidad y los hombres se pusieron a jugar al tenis, cuyo peculiar arbitraje corría a cargo de una mujer de grandes pechos al aire que se balanceaban a la par que el collar que llevaba colgado del cuello.
Mientras aquellos trataban de emular a Santana, ellas se pusieron a criticarlos con tal fruición que no pude evitar la tentación de intervenir para ofrecerles mis profesionales servicios, a lo que al unísono me espetaron ¿A perdido usted el juicio? Señoras, balbuceé, eso es lo peor que se le puede decir a un abogado.
Ya reintegrado al tajo, acude a consulta, a mi despacho, un ciudadano rumano acusado del robo de un bolso mediante el clásico tirón. Le dedico media hora y tras comprobar que es un pobre diablo, me ofrezco a llevarle la defensa, “de oficio”. Repaso el baremo de honorarios de justicia gratuita de la Xunta de Galicia y me entra la risa floja. Tres meses después el Colegio me ingresa los óbolos, por lo que inmediatamente hago mi declaración a Hacienda a través del pago telemático, no vaya a ser que Montoro envíe a sus buitres. Y me quedo cavilando en qué invertir la guita, si me queda algo después de comer el plato del día. ¡Ah! ¿Que qué pasó con el rumano? Pues conseguí que la condena fuese por hurto, demostrando que no había habido arrastre ni resistencia de la víctima. Vamos, lo que se dice un tirón limpio.
Días después, en una de estas calurosas tardes de verano, de las que el astro Sol parece acosar a la voluptuosa Tierra, tal vez con fines erótico- festivos, recayó por el despacho un alto ejecutivo de una importante empresa dedicada al mercado informático, acusado de fraude a Hacienda, cuyo hecho trataba de justificar ante la mala situación económica. Podía alegar que sufría de oniomanía o ludopatía, buscando una atenuante, pero decidí  adoptar un argumento poético-bucólico: “eclipse de memoria al observar la panorámica del gráfico de ventas”,  confiando en el conocido romanticismo ecológico de su señoría, pero la fría espada de la Justicia demostró que era implacable, y  Montoro lo tiene registrado en su lista de célebres morosos, de lo que, en el fondo, parece sentirse orgulloso.
Como dijo Epiménides: “Todos los cretenses son mentirosos. Yo soy cretense”. Y mi cliente nació en  Chersonissos.