Condenado a volver con su mujer

Condenado a volver con su mujer

Pues, dilecta leyente, la supongo informada de ese  “sucedido” en Kansas City (nada que ver con “una del Oeste”), en que un anciano atracó un banco para ir al talego y no tener que volver a casa con su mujer. Lo malo es que le salió el tiro por la culata, al ser condenado a arresto domiciliario, pena que en nuestra tierra se denominaría “Localización Permanente”. ¡Eso sí que es una sentencia chunga! Claro, es que para entrar en el selecto club de los mangutas hay que demostrar cierta vocación y a John Riple le faltó determinación, se limitó a decir “Tengo un arma, dame el dinero” (en inglés, naturalmente) y se quedó esperando a que llegase la bofia para entregarse. No conozco bien la legislación anglosajona, pero aquí podríamos hablar desde Simulación de delito (por faltar el ánimo de lucro) y Coacciones, hasta un Desistimiento de robo con intimidación por falta de consumación voluntaria al renunciar a disponer de la guita.
El hombre debió barajar todas las hipótesis posibles, descartando por alguna razón el divorcio, por lo que sólo le quedaba por decidir entre la trena o el asilo.  Si se iba al trullo gozaría de las siguientes prestaciones:
Primero.- Tendría acceso a la ducha todos los días, al ocio, paseos, medicamentos, atención dental y médica regular. Segundo.- Recibiría dinero en vez de pagar por el alojamiento y comida. Tercero.- Estaría protegidos de forma continua a través de video, por lo que de inmediato recibiría asistencia ante cualquier emergencia. Cuarto.- Sus sábanas se lavarían y plancharían dos veces a la semana. Quinto.- Un vigilante vendría cada veinte minutos a ver cómo estaba. Sexto.- Comería tres veces al día, cuya comida sería elaborada por un cocinero profesional y supervisada por el médico de la prisión para que aquella contenga las proteínas necesarias. El menú sería variado y adaptado a su edad y salud y respetando sus creencias; y no podría repetirse en toda la semana. Séptimo.- Tendría un lugar especial para recibir a su familia, y un dormitorio “motelero””para sus citas sexuales, corriendo a cargo del Estado la viagra. Octavo.- Tendría acceso a la biblioteca, gimnasio, piscina, terapia, ropa, y asistencia jurídica gratuita. Noveno.- Tendría una junta directiva para escuchar sus quejas.


Por su parte, en una residencia convencional comería un menú estándar, viviría precariamente y, sin embargo, sin ánimo de huir. Tendría derecho a un baño a la semana, viviría en una pequeña habitación y tendría que pagar sus gastos de manutención y demás necesidades, y lo peor: Sin esperanza de salir con vida.


A la vista de todo ello, tal vez se deberían invertir las previsiones: Los ancianos al talego y los cacos a las residencias de ancianos.