Un abogado en apuros

Un abogado en apuros

Me pregunta mi secretaria, la señorita Topisto, como cariñosamente la llamo, si doy mi asentimiento a que acceda a mi despacho una nueva cliente. Y me encuentro con un pibón de veintitantos, con el pelo rubio y trenzado como espigas de trigo, y me tengo que flagelar mentalmente por estar a punto de incumplir mi promesa de la renuncia a ligar en el trabajo, por lo que evito saludarle con un lisonjero piropo y me dirijo a ella con un genérico: ¡Hola! 
Sí ya sé que el piropo está demodé, pero hay formas y formas de expresarlo y cuando recitas un poema de Bécquer a una maciza ensalzando su belleza, eso no puede ser signo de machismo, siempre que para compensar también le digas al baranda lo bien que le sienta la corbata. En cualquier caso, es importante no confundirse de poema ni de destinatario/a.
 Mientras, en el despacho de al lado se oían voces, y lo becarios comenzaban a inquietarse por lo que pudiera estar pasado. En el mío, este viejo leguleyo se tocaba la nuez de la garganta y a punto estaba de tirar la toalla cansado de buscar la llave del archivo para coger la carpeta de la cliente. Al final intervino la irremplazable secretaria, la señorita Topisto, y no pasó de un ligero incidente.
De pronto nueva algarabía. Esta vez la discusión era telefónica. El “baranda” y su cónyuge discutían sobre la cena de aniversario, el cliente se había sentado y miraba con sarcasmo la foto de boda del letrado, al comprobar como éste iba cediendo; y con cierto escepticismo se preguntaba si aquel blandengue doméstico sería capaz de llevarle con éxito su divorcio. Sin embargo todo estaba dentro de la normalidad matrimonial.  Ahora, me encontraba a la sazón en la biblioteca del despacho, en la confianza de no ser molestado, con olvido de tener el privilegio de contar con la señora “Topisto” de eficiente secretaria, cuando apareció ésta balanceando su estruendoso collar de perlas majorica, para anunciarme la llegada de un nuevo cliente.
Dejé lo que estaba buscando para mejor ocasión y me dispuse a atender al extraño visitante, que lo primero que me preguntó fue si tenía licencia para litigar ante la Corte Penal Internacional de la Haya pues quería denunciar a Donald Trump por Crimen de Agresión contra México
Me vi obligado a explicarle que carecía de tal “licencia” y que aunque el estatuto del Tribunal  protege el principio de jurisdicción universal, no ha sido ratificado, entre otros países por los Estados Unidos, así que declinaba tal encargo, por insostenibilidad de la pretensión.
Por experiencia sé que cuando un hombre pide justicia, es que quiere que le den la razón.