La comunicación, ay, esa comunicación...

La comunicación, ay, esa comunicación...

En política -y en la vida- las formas son tan importantes como el fondo. Si Cristina Cifuentes ha caído ya, ocurra lo que ocurra, ha sido por no haber sabido, como Mark Zuckerberg supo, convencer a su auditorio a base de reconocer hechos sin duda lamentables, sí, pero dando la cara. Escuché al portavoz socialista en la Asamblea de Madrid, José Manuel Franco, prodigarse en unas farragosas explicaciones acerca de por qué en su curriculum aparecía una Licenciatura en Matemáticas que, en realidad, nunca existió: la `titulitis` que nos ahoga... Y leí las no explicaciones -`no sabía nada`, `no me enteré de nada`- con las que el ex presidente de la Junta andaluza, José Antonio Griñán, figura por la que, sin embargo, siento la mayor de las simpatías, trataba de apartar de sí el cáliz de las falsas ayudas de los ERE.
Aquí nadie explica nada, nadie afronta los hechos, todos creen que pueden difuminar la verdad desnuda ante el ciudadano, que, sin embargo, es quien les vota y quien les paga. Como si no se le debiesen explicaciones. El propio presidente de la Conferencia de Rectores de Universidad, Roberto Fernández, se nos fue vivo sin explicarnos conclusiones tangibles del `caso Cifuentes` que la CRUE ha investigado: ¿no podría haber esperado a tener algún papel que presentar a la opinión pública antes de sacar conclusiones precipitadas sobre el pringoso `affaire` de los masters?
Nunca hubo más medios de comunicación y, no obstante, estuvimos peor informados. Pues ¿no nos dicen que ha habido una `cumbre` de fiscales españoles y alemanes en La Haya para tratar de `homogeneizar` criterios que permitan la extradición a España de Puigdemont? De la tal `cumbre` poco hemos sabido: se nos advierte de que estas cosas hay que tratarlas de modo reservado, como si no nos fuese a todos tanto en ello: nada menos que la credibilidad en una Justicia que empieza a estar demasiado en foco, en parte porque acaso esté sobreactuando a veces.
Mal, se están gestionando mal -y no solamente por el Gobierno del PP, advierto- los casos Cifuentes y Cataluña, que son, en el fondo, los casos PP -y, de paso, de toda la estructura partidista-- y la estabilidad territorial de España, nada menos. La propia Corona, que es la máxima garante del buen funcionamiento del equilibrio de poderes, parece necesitar de un plan de comunicación que coopere con los sin duda positivos esfuerzos del Rey por situarse por encima de las miserias políticas.
Y todo ello está redundando en una perplejidad de los medios -que tampoco es que estemos dando en el blanco todos los días, me temo- y, sobre todo, de los ciudadanos. Cuando bien se analizan las encuestas se comprueba que los españoles no están desconcertados solamente por las locuras de los independentistas catalanes, se llamen como se llamen; eso sería lógico, porque no hay quien entienda lo que están haciendo y dejando de hacer. El problema crece cuando tampoco se entienden, del lado de acá, tantos silencios, subterfugios y manipulaciones. Desde la prensa europea hasta los sindicatos españoles están llegando voces de aviso: ¿es que, taponados los ojos y los oídos por la soberbia de que todo lo estamos haciendo bien, nadie va a darse cuenta de cómo están realmente las cosas?