Llamémosle caralladitas

Llamémosle caralladitas

Hace unos días, cosa de unos diez transcurridos desde entonces, otro periódico en el escribo y en el que lo hago incluso con más asiduidad que en este, publicó una noticia de esas que por aquí calificaríamos de resesas. Lo haríamos así en caso de estar hablando en ese gallego enxebre que tanto y con tanta razón reclama mi recontrapariente Vázquez-Monxardín. Figuraba, ilustrada con prudente y cauta fotografía que tanto agradezco y ya explicaré por qué, inserta en la sección “Hace 25 años”. No les hay como cumplirlos y poder contarlo.
El titular decía que “Conde se siente en desventaja en el Grupo Mixto” y el texto afirmaba que, según yo opinaba, mis derechos de diputado en el Parlamento de Galicia no estaban garantizados, en aquel entonces, ya que yo me sentía “sino en una situación de agravio sí de desventaja económica” pues, según mis cálculos, me correspondería una quinta parte de la asignación parlamentaria fija de medio millón de pesetas que recibía cada grupo; o lo que es lo mismo que eran cien mil las que consideraba mías. Vaites, vaites, vaites. Reconozco que siempre he sido medio cabrito, pero nunca un cabrito entero y, ni mucho menos, un cabrón con pintas. 
Entonces, me refiero al año 92 del pasado siglo, para mí pintaban bastos. Me habían concedido el último Premio Nacional de Literatura, el primero a una novela no escrita en castellano: Creo que fue en virtud de ello por lo que me llevaron de florero al Gobierno de González Laxe, pues vestía bien el santo de su departamento de Cultura, pero les había salido algo respondón e hice, con el consentimiento de quien me había nombrado, eso sí, lo que creí que debía hacer y que ahí sigue para quien quiera que lo juzgue y luego opine.
Al parecer, no suficientemente contento con ello, contento o satisfecho, qué más da, me casé con una mujer envidiablemente hermosa y, por si esto fuera poco, salgo de la consellería y me otorgan en Italia el Premio Grinzane Cavour, ganado hasta entonces por nueve premios Nobel, a la mejor novela extranjera publicada en Italia durante el año 1990. Era ya demasiado.
Sin embargo, aún no contento, en 1991 me presento al Premio Nadal, entonces y todavía hoy el de mayor prestigio literario en España, y van y me lo otorgan. La verdad es que me estaba pasando. Acabé de coronarla, en Ourense sabemos lo que quiere decir esta expresión, yendo a Cuba acompañando a Manuel Fraga entonces presidente de Galicia. 
Este escribidor de ustedes había escrito un libro sobre Fidel Castro y conocía algo el medio; el presidente de mi país había recabado mi colaboración en la preparación de su viaje y, con independencia de que este presidente fuese de izquierdas o derechas, me vi en la obligación moral de prestársela haciéndolo sin dejar de ser leal con quienes me habían permitido ocupar uno de sus escaños en mi condición de independiente y en razón de que Ramón Piñeiro hubiese pensado en la conveniencia de mi continuidad como portavoz parlamentario en temas de cultura y televisión. Quiero decir que supieron de mi intención y de mi ayuda desde Alfonso Guerra a Felipe González, que la aprobaron, pasando por quienes organizaban aquí (se trata de una forma de expresión, por fin comprensible al día de hoy) el PSdeG-PSOE.
Esta última decisión había colmado el vaso de forma que me había tenido que trasladar al Grupo Mixto como si fuese un apestado. Recomiendo la relectura del libro de conversaciones que me hizo Xosé M. del Caño, en él se explican muchas cosas que nunca han sido desmentidas. Viví un verdadero infierno. En ese contexto hay que valorar la noticia de que yo estaba en desventaja en el Grupo Mixto.
Como ya advertí, casi al principio, siempre fui medio cabrito y conservo en mi casa todas las iniciativas parlamentarias, todas las propuestas, preguntas e intervenciones en pleno planteadas a través de mi nuevo grupo. Ninguna de ellas pudo ser llevada a cabo. Ninguna me fue tramitada. Conseguí intervenir en muy contadas ocasiones; por ejemplo, cuando el BNG llevó a pleno la propuesta de que los exámenes de gallego, en las pruebas de acceso a la universidad, pudiesen ser realizados en cualquier de las tres normativas ortográficas existentes; una sublime barbaridad que evité in extremis cuando ya iba a ser aprobada. También cuando voté a favor de la reforma del Senado, de la ampliación de nuestras aguas jurisdiccionales a catorce millas náuticas fuera de puntas, o de la llamada y nunca conseguida Administración Única. Excuso recordar cómo me pusieron. Pero todavía hoy nadie me explicó en razón de que los demás se opusieron a tal tipo de medidas. Se opusieron y punto.
En este contexto y no en otro, es en el que lamento públicamente la discriminación que sufro como un diputado que no ve tramitado su trabajo, sino soslayado y condenado al ostracismo, y lo ilustro advirtiendo que, si fuese considerado como portavoz, esa discriminación no se podría mantener vigente. El comentario económico advierte que esa podría ser la explicación de lo que me estaba sucediendo. No quise aludir al obstruccionismo escasamente democrático que estaba padeciendo temiendo lo que se me podría haber venido encima. Aquí todos exigimos democracia, aunque después regateemos su ejercicio. Recuerdo que conservo los papeles de mis propuestas y preguntas nunca tramitadas.
Pese a todo esto la noticia fue la de que yo reclamaba esas cien mil pesetas. Ahora, después de un cuarto de siglo y de unos ocho mil artículos escritos en ese periódico, se recupera la noticia ofrecida entonces. Me sentía en desventaja económica. Hay que fastidiarse. Pero es así como se escribe la historia en tantas y tantas ocasiones. Seguro que quien recuperó la noticia no intuyó el alcance de su reproducción, el del convencimiento de que mi única preocupación era de signo monetario, cuando lo que yo había reclamado era pura, simple, lisa y llanamente la libertad de expresión que sentía seriamente afectada por quienes decidían en el Grupo Mixto como si este no fuese mixto y plural y sí singular y propio.
Comprendo que estas, llamémosle caralladitas, han de importar a muy pocos, pero comprendan aquellos que leyeren estas líneas que sí han de importarme a mí y han de importarle a los míos –uno, saben, tiene hijas y estas le han dado nietos- que, una vez pasado el tiempo, llevados de la curiosidad familiar que a todos nos afecta en algún momento de nuestras vidas, puedan sentirla hacia el entonces ya difunto de modo que hay que ser muy cuidadoso en estas cosas y no llega con contárselas a ellos en voz baja.
Por todo ello agradezco la paciencia de quienes hayan leído hasta aquí, al tiempo que la del periódico en el que escribo dando a la luz lo que hasta aquí queda escrito consciente que soy de que este descargo de conciencia, publicado que hubiese sido hace un cuarto de siglo, me hubiese servido aun de mayor escarnio mientras que hoy ya me traen al pairo respecto de los avatares políticos, pero no respecto de los seres que respeto y amo.