Sobre la libertad, la sexualidad y el delito: una evocación a John Stuart Mill

Sobre la libertad, la sexualidad y el delito: una evocación a John Stuart Mill
Lo primero que debe saber el lector es que al delito le ocurre como a la libertad: sus límites son extremadamente flexibles. Lo que en una sociedad es punible en otra no lo es. Incluso lo que hoy es delito mañana dejará de serlo, y a la inversa: lo que ahora está permitido, en breve estará prohibido. Y es que los delitos son como las enfermedades; desaparecen unos y surgen otros…

Cada vez con mayor profusión las portadas de gran parte de los medios de comunicación (escritos y audiovisuales) abren con noticias de sucesos, dando prioridad a los referentes a las relaciones entre hombres y mujeres, tengan o no connotaciones sexuales. Este modo de informar a la población emula al desprestigiado semanario de la época del general Franco, «El Caso», famoso por abordar todo tipo de crímenes; si bien con una diferencia esencial: «El Caso» tenía como objetivo único hacer negocio, mientras que hoy en día además de ganar dinero lo que se pretende, por encima de todo, es criminalizar a los hombres por el mero hecho de haber nacido hombres.

En la actualidad, se asegura, se cometen más delitos contra la libertad sexual que nunca. No obstante, esa afirmación es interesada ya que lo cierto es que ignoramos qué proporción de transgresiones de esta índole se cometían hace cincuenta o cien años. Aún por encima, como consecuencia de múltiples intereses ideológicos, ahora se publicitan muchísimo más que en etapas anteriores. Y se consideran delictivos comportamientos sexuales que sin duda son libres y solicitados, aunque procedan de nuestro «ello» (la fuerza instintiva del animal humano) en lugar del «yo» (nuestro ser realista y pragmático) y, por supuesto, en ningún caso del «superyo» (nuestra conciencia moral).

Por lo tanto, no hay que confundir los delitos contra la libertad sexual con la libertad sexual propiamente dicha. Ni tampoco es acertado identificar nuestras prácticas sexuales reales con las que nos atrevemos a reconocer ante los demás.

Los sexólogos saben de la frecuencia de varones homosexuales (tal vez casados; acaso con hijos) que solo tienen relaciones sexuales con otros hombres bajo los efectos de sustancias psicoactivas, y justifican lo que hacen no porque lo deseen, sino porque el psicotropo o el compañero lo incitaron a ello.

También existe una abundante casuística de mujeres que se acuestan con varios hombres simultánea o sucesivamente en el mismo acto; por lo general tras la ingesta de alcohol y el consumo de drogas. En los últimos años se hicieron célebres varias demandas judiciales en este sentido. No obstante, es preciso señalar que estas se presentaron cuando la experiencia se difundió, aunque tan solo fuera en el ámbito privado de la mujer (familiares, amigos, compañeros de estudios o de trabajo…), o en el de los hombres con los que estuvo. Por supuesto, el ruido se multiplica «ad infinitum» cuando el hecho se vierte en los medios de comunicación y en las redes sociales, y se convierte en entretenimiento y veneno vital de la opinión pública y de la publicada.

La dinámica psicológica que subyace en estos procesos es típicamente freudiana: una vez superada, gracias a los psicotropos, la barrera que supone la represión como mecanismo de defensa del yo, caemos en nuestras inconfesables tentaciones; pero cuando el yo retoma el control de la psique, para defendernos proyectamos en el otro o los otros la responsabilidad de lo sucedido y nos decimos a nosotros mismos y a la sociedad: yo no soy así, yo no quería, se aprovecharon de mi ebriedad, me invitaron a consumir drogas, me intimidaron… De este modo minoramos la angustia y el desasosiego, y nos justificamos ante nuestro yo y ante el supremo tribunal social y familiar, buscando su asenso y el reconocimiento de nuestro candor e inocencia.

Fueron, son y serán, asimismo notorios los casos de chicas adolescentes con una edad inferior a la que, de forma arbitraria, se les reconoce capacidad para el consentimiento sexual (diferente en cada país y variable según el momento histórico-ideológico), que concluyeron con sus «partenaires» en la cárcel o en el cementerio. No por la denuncia de las interesadas, que actuaron bajo la autonomía de su voluntad y la conciencia de su deseo, el cual nunca se equivoca; sino de los familiares, quienes se consideraron agraviados. Estamos ante la versión laica del mandato de la Iglesia católica que solo autoriza las relaciones sexuales tras el matrimonio. Y ante la versión occidental del repudio oriental hacia las mujeres jóvenes que viven por sí mismas su sexualidad.

Resumiendo. Para no culpabilizarse ni culpar a otros, cualquier fantasía sexual debe ser llevada a la práctica de manera espontánea y natural, no bajo los efectos del alcohol o las drogas. Salvo que se posea experiencia previa que permita disfrutar —más allá de los límites que nos impone la socialización— de la propia libertad sexual sin que, a continuación, uno desee imperiosamente que el mundo se hunda bajo sus pies.

Y, sin embargo, lo único que ocurra es que acabe hundiéndole la vida a los demás.