Los cestos de melocotones

Los cestos de melocotones
No creo exagerar si digo que el baloncesto es la modalidad deportiva que más ha evolucionado desde su nacimiento, hasta el punto de que aquel baloncesto que practicamos algunos de los de mi generación –tuve compañeros de colegio y verdaderos amigos que lo jugaron como profesionales durante muchos años de su vida y por tanto, algo sé de lo que me digo- es un asunto completamente diferente a lo que se ve hoy en día. 
El baloncesto lo inventó un profesor y diácono canadiense con la intención de entretener a sus alumnos durante los largos meses de invierno. Estaba destinado en Boston, el frío exterior era insufrible, y pensó en un antiguo ejercicio de competición practicado por los indios de su tierra. Utilizó el gimnasio del centro colocando en cada uno de los fondos una cesta de transportar melocotones, colgadas de las galerías que rodeaban el recinto. Simplemente por casualidad, las banastas  si situaron a 3,05 m de altura y ahí siguen. Comenzó haciendo equipos de nueve, luego los redujo a siete y acabó formándolos con cinco. A partir de ahí, todo comenzó a cambiar a toda velocidad incluyendo los propios cestos. Ahora son un aro flexible y una red. Cuando yo jugaba, los pivots median 1,98. Ahora miden 2,15.
Resulta paradójico que un pequeño país castigado por una persistente leyenda negra de origen sajón  por la que se supone que sus habitantes son en general individuos con cara de guardia civil, morenos, cejijuntos, bajitos, y perpetuamente cabreados, sean campeones de este deporte que parece solo guardado para sujetos altísimos. Más curioso todavía resulta comprobar cómo las razas  nórdicas -cuyas estaturas medias superan en general el metro noventa- jamás han conseguido nada en este asunto, y ni Suecia, ni Noruega, ni Holanda, ni Gran Bretaña, ni Bélgica, ni incluso Alemania se han comido nunca una rosca en baloncesto. Salvo los europeos eslavos o balcánicos a los que siempre se les ha dado bien lo de meterla, los grandes del básquet europeo han sido con frecuencia países de la periferia: España, Italia, la antigua Yugoslavia y Grecia, tierras todas ellas de enanos morenos, a los que les canta el sobaco, curados en aceite de oliva, y con una mala leche de miedo. Los nuestros, por ejemplo, que son otra vez campeones del mundo. Olé los suyos que son claveles y cuánto tenemos que aprender de su portentoso ejemplo. Nosotros, y las porcelanas que nos gobiernan. Sobre todo esos, que ahora  se matarán por fotografiarse con ellos.