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Vigo en 1979: una ciudad en plena crisis y que tenía 50.000 habitantes menos

Las elecciones del 3 de abril dieron la sorpresa al colocar en el poder municipal un ’pentapartido’
Vigo en 1979: una ciudad en plena crisis y que tenía 50.000 habitantes menos
El Vigo de 1979 era bien distinto al actual, aunque también aquella ciudad pasaba por una crisis, más dura incluso que la actual. A finales de los setenta, dos de las empresas más potentes de la ciudad, Barreras y Álvarez, estaban controladas por el Estado, mientras que Citroën (aún no PSA) pasaba por horas bajas. Vigo contaba en 1979 con algo menos de 250.000 habitantes (unos 50.000 menos que ahora) tras haber sumado 60.000 en menos de una década, un crecimiento que había exigido la gran operación de Coia, un polígono que luego fue barrio y por fin es ahora ciudad. Para la creación de la Universidad de Vigo todavía faltaba una década, y la grada de Río aún era la antigua, previa al Mundial de 1982. Ese era el Vigo en el que el 3 de abril, hace hoy 30 años, se celebraron las primeras elecciones municipales de la democracia: todo por hacer y la economía por el suelo. Por no haber, ni siquiera había una Corporación para dar el relevo: Emma González Bermello, alcaldesa, quiso darle el bastón de mando a Soto, pero éste se negó.
Al duelo se presentaba como absoluto favorito Víctor Moro, que encabezaba la lista por la UCD de Adolfo Suárez. Enfrente, una amalgama donde sobresalía el PSOE, que llevaba a Manuel Soto, un absoluto desconocido, y el PC, entonces potente, con Carlos Núñez de figura más destacada. En el flanco nacionalista, dos listas, la del BN-PG (luego, BNG), con Teresa Conde-Pumpido (hoy juez, próxima al PSOE) y Unidade Galega, una coalición de otros dos grupos. Por fin, en la derecha sin tapujos, Alianza Popular (hoy PP), con ’pesos pesados’ de la talla del recientemente fallecido Alberto Durán, con otros nombres vinculados a la empresa, como Pernas y Portanet. El resultado fue una sorpresa: UCD fue la candidatura con más votos y concejales (nueve), pero la suma de PSOE, PC, BN-PG y UG dio la alcaldía a Soto, que después fue capaz de mantenerla durante dos mandatos más, un récord. Claro que aquella Corporación resultó tan singular que el equipo de gobierno, integrado por cinco partidos, supo mantener la cohesión. Y aún más: los concejales de AP tuvieron delegaciones.
Aquella Corporación trató de demoler el escaléxtric, pero hubo que esperar hasta 1986. El ministro Cosculluela dio con la frase lapidaria que define el sino de Vigo: ’Todos los alcaldes me piden obras, es la primera vez que me piden un derribo’.

MANUEL SOTO alcalde de vigo entre 1979 y 1991
’En Vigo no hubo reconversión’


Manuel Soto llegó a la alcaldía en abril de 1979 al frente de una coalición de cinco partidos (PSOE, PC, BNG y UG, que estaba formado por dos grupos), y ahí se mantuvo doce años. Dejó el PSOE a mediados de los noventa y ahora milita en el Partido Galeguista.

¿Recuerda cómo vivió aquel año, 1979?
Eran unos momentos maravillosos, porque veníamos de la Dictadura y era la culminación de un proceso. Creo que sobre todo hubo una gran altura de miras de todos los componentes de la Corporación, porque entonces se compuso un pentapartido pero nos llevamos bien, gracias a que actuamos con honestidad, con los mejores esfuerzos, y así llegamos al final del mandato con sensación de haber hecho las cosas bien. Entonces ofrecí delegaciones como alcalde a UCD, que no aceptó, pero AP sí, y Pernas, Portanet y Durán tuvieron delegaciones de comercio, turismo e industria, que entonces era una revolución: pensar que la izquierda, los cinco partidos, gobernáramos con AP parecía insólito. Ahora sería impensable. Y además, vemos que las coaliciones se rompen, como pasó en Santiago y ocurrirá en Vigo, porque los partidos no ponen por delante los inte reses de los ciudadanos.

¿Cuánto dinero tenía el Concello de presupuesto?
Había 1.500 millones de pesetas tan sólo: el 80 por para el personal y el resto para pagar créditos, así que presupuesto cero. Y otros 1.500 millones se debían al lechero, al gasoil o para el pan, era loco y kafkiano, pero fue un reto personal que agredecí. Vigo despegó entonces de forma importante.

¿Cómo era la ciudad que usted dirigió entonces?
Muy distinta. Más de 70.000 vecinos no tenían ni agua ni alcan tarillado y había epidemias endémicas en el rural, con meningitis, por falta de saneamiento. A muchas casas se llegaba por caminos de tierra sin luz. El lema ’Por un Vigo millor’ llegó entonces, y cuajó. Estoy agradecido a muchos vecinos, al movimiento vecinal.

Uno de los grandes asuntos de entonces era la demolición del ’escaléxtric’. ¿Costó mucho convencer al Gobierno de tirarlo?
Costó mucho, pero se consiguió. Lo llevábamos en el programa y lo cumplimos, aunque años después. Nadie lo quería.

¿La reconversión naval fue su peor momento?
Fue un gran sufrimiento moral, pero tengo que decir que en Vigo no hubo reconversión naval, es un mito. Lo que se consiguió es que Ascón, que era un astillero que ya estaba cerrado, se incluyera en las ayudas europeas. Y aquí, querían reabrir el astillero con dinero público, imposible. Superado aquello, luego los activos de Ascón emergieron, se recuperó la plantilla y se abrió otra empresa. Fue una operación de 10, ’chapó’ para el Gobierno de Felipe González

Adiós a la pesca y a grandes industrias

Los candidatos a la alcaldía en 1979 llevaban en el programa dos asuntos: el escaléxtric y la crisis, industrial y pesquera. La flota viguesa, tras campear por Canadá o Namibia, estaba siendo expulsada sin contemplaciones y España ni siquiera contaba con el apoyo europeo para hacer valer sus derechos históricos en los caladeros. De poco o nada sirvieron y el resultado fue el final de las grandes capturas de bacalao y fuertes restricciones en otras especies. Todo ello llevó a pique a empresas como Casa Mar, que rivalizaban con Pescanova, y sociedades como Sapig o Pebsa. Claro que no era mejor el panorama industrial: la automoción capeaba como podía temporal, pero el sector naval se hundía por falta de pedidos y la presión de los países emergentes, que construían más rápido y barato. Y todo ello, con los armadores reduciendo pedidos por la falta de pesquerías. Barreras era el paradigma: intervenida por el Estado, su plantilla se reducía a marchas forzadas. Peor lo tenía Ascón, que no levantaba cabeza desde mediados de los setenta y que terminó por convertirse en el mascarón de proa de la crisis mayúscula, con escenas impagables como secuestro del ’Catamarán’.