Opinión

Entrevista con el Coronavirus

Opinión

Entrevista con el Coronavirus

-Buenos días, señor... disculpe, no recuerdo su nombre.

-Buenos días. No se preocupe; los  virus no tenemos nombre.

-¿No tienen nombre? ¿No se llama usted… ¡SARS-CoV-2!? 

-En absoluto, esa sopa alfanumérica es una simple etiqueta que me asignó el hombre para intentar orientarse en nuestro ignoto universo.

-Verá, estoy aquí para entrevistarlo y se lo voy a decir sin remilgos: es usted un vil asesino de personas inocentes.

-Mire, creo que ustedes, que se autodenominan humanos, no están legitimados para atribuirme tal calificativo: ¿Cuántos millones de seres vivos sacrifican cada día para alimentarse? ¿Cuántos animales torturan cada año por puro divertimento? ¿Cuántas especies hicieron desaparecer? ¿Cuántos hombres se masacraron los unos a los otros a lo largo de su historia?

Yo, como todas las cosas de este mundo, me esfuerzo por perseverar en mi ser. En «Ética demostrada según el orden geométrico» Spinoza llamó a esta actitud «conatus». Mas nosotros no somos por nuestra voluntad ya que carecemos de ella; somos a causa de la inercia de la naturaleza, que nos impele a seguir siendo. En realidad, no queremos seguir siendo: ¡tenemos que seguir siendo!

-¡Ustedes no son seres vivos! Se encuentran en la frontera entre la vida y la no vida dado que no pueden reproducirse por sí mismos. Son parásitos intracelulares obligados pues sin la maquinaria metabólica celular se hallan imposibilitados para sustentarse y replicarse.

-En efecto, una de las principales características de los seres vivientes es la capacidad para reproducirse, pero la reproducción comienza por uno mismo; para lo cual es imprescindible nutrirse. Sin embargo, los animales son organismos heterótrofos. Incapaces de sintetizar su propia materia orgánica a partir de materia inorgánica, están predestinados a arrebatar la vida a otros para vivir ellos. Por lo tanto, al igual que nos ocurre a nosotros, tampoco los hombres pueden proveerse de alimento y reproducirse a sí mismos y por sí mismos. Como ve, en este aspecto somos semejantes.

-¡Usted no produce ni crea nada; tan solo viriones patogénicos! ¿Me podría explicar cuál es entonces el sentido de su existencia?

-Pervivir es lo que pretendemos. Igual que los seres humanos y cualquier ente; incluso inerte e inerme como las montañas, los ríos o los glaciares. Por este motivo sufrimos mutaciones; es decir, nos transformamos para adaptarnos al medio. En ocasiones son espontáneas y a veces inducidas por las circunstancias y los procesos evolutivos, los cuales no están concebidos ni determinados por ninguna entidad omnisciente ni omnipotente. La evolución es autónoma e imprevisible; nadie la puede iniciar, dirigir ni detener.

-No obstante, cuando ustedes matan a sus huéspedes están provocando también su propio fin.

-Es cierto. La destrucción del hospedador es una consecuencia no deseada de nuestra acción que nos perjudica, por eso el camino evolutivo que seguimos tiende a ir en dirección contraria: procura respetar la vida de las criaturas que parasitamos. En este sentido, las mutaciones que triunfan son las que posibilitan que seamos extremadamente infectantes y escasamente letales.

Nuestra existencia, como la de todo ser vivo, es una dura lucha. Los animales, sobre todo los mamíferos, están dotados de un sofisticado sistema inmunitario que cuando detecta nuestra presencia nos aniquila sin compasión. Hemos de burlarlo y lograr propagarnos de un individuo a otro; en caso contrario fenecemos y nos extinguimos. Y le garantizo que no es sencillo conseguirlo. No somos pulgas que den saltos de dos metros. Tampoco poseemos músculos, ni ojos ni, por supuesto, cerebro. Nuestra arma es la paciencia: cazamos a nuestras víctimas al acecho. Al acecho de la distracción, de la desidia, del exceso de confianza…, ¡del pánico!

-¿Querría concretarme el objetivo que persiguen haciéndonos enfermar y morir?

- Si consulta la obra que cité hallará una reflexión que responde a su inquisición. En ella se afirma que los hombres padecen un grave prejuicio, cual es suponer «que todas las cosas de la naturaleza actúan, al igual que ellos mismos, por razón de un fin».

Como organismos biológicos, los virus tenemos idéntico derecho a la existencia que los seres humanos. Nuestro ancestral sostén es la fuerza vital de la naturaleza que nos guía desde hace miles de millones de años; desde muchísimo antes de que los homínidos posaran sus pies sobre la tierra. En esta lucha sin fin vencerán aquellos cuyo «conatus» sea más poderoso, más perseverante. En verdad, no se trata de una cuestión de inteligencia en sentido estricto: no es más inteligente quien resuelve los problemas más difíciles, sino quien los prevé y los evita; no vaya a ser que por muy inteligentes que nos creamos, de presentarse, no sepamos encontrarles solución.

-¡Sí, sí… muy interesante! Finalizo con una última pregunta: ¿Tiene usted pensado quedarse mucho tiempo entre nosotros?

-El máximo posible.

-¡Le aseguro que será más breve de lo que desea!

-Ya se verá; ya se verá…

Comentarios