Culo de lija

La iglesia de Trinità dei Monti, al final de la escalinata se divisa desde cualquier lugar de la plaza de España de Roma, porque es imposible tapar la vista de la balaustrada, el obelisco, la palmera y hasta el reloj de una de sus torres, aunque haya centenares de personas sentadas en sus escalones. Alguien tendrá que explicar cómo los inocentes culos de quienes reposan en los peldaños erosionan más que los pasos. En un furibundo ataque conservacionista los munícipes romanos han decidido prohibir que nadie se pare a descansar en la escalinata y dedican nada menos que ocho guripas a multar a los incautos, desinformados, paseantes cansados recalcitrantes o que quieren repetir como protagonistas una imagen que tienen en sus retinas. De aquí para atrás, los paseantes romanos de nacimiento o de adopción entre los que me encuentro podrán contar a sus descendientes: “Yo me senté en la escalera de la plaza de España de Roma y mi culo de lija fue lo que llevó a que se prohibiera descansar en ella”.