La Historia que Rajoy (y Sánchez) nos deben

La Historia que Rajoy (y Sánchez) nos deben

La Historia es cosa que importa poco, en general, a los españoles. Las jóvenes generaciones la desconocen y, en parte, temo, la desprecian. Y ello, pese a que su estudio es importante no solo para evitar los errores del pasado, sino, sobre todo, para entender el presente. ¿Cómo comprender plenamente, sin ir más lejos, el conflicto catalán, inexplicable para casi todos, sin remontarse a la Historia no solo moderna y contemporánea, sino incluso a la inmediata? Pues eso precisamente es lo que hoy tengo que reprochar a quienes, como Rajoy o Pedro Sánchez, protagonizaron esa inmediatez, pero ahora nos hurtan los detalles más significativos.
Esperaba más, mucho más, de la declaración de Mariano Rajoy ante el tribunal que juzga a los separatistas catalanes. A ellos, la ley les permite incluso mentir para defenderse. A Rajoy, como testigo, se le exigía la verdad, lo mismo que a la que fue su vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría. El testigo va a la vista oral para aportar conocimiento sobre lo que verdaderamente ocurrió; nadie podría decir que la ex `número dos` del Gobierno del PP ni, menos aún, su presidente, aportaran mucha luz sobre los sucesos que se juzgan, casi circunscritos al mes de octubre de 2017, cuando la fallida declaración de independencia de Cataluña y la consiguiente puesta en marcha del artículo 155 de la Constitución. Quedan demasiados puntos oscuros, incluso para que el propio Tribunal pueda sentenciar con verdadero conocimiento de causa.
Incluso trató Rajoy de restar importancia en su testimonio del miércoles a los intentos de mediación de Iñigo Urkullu, que el lehendakari hubo de explicitar ante el tribunal veinticuatro horas después. Porque ese fue el momento clave en lo que luego se desencadenaría sobre la Generalitat, sobre los catalanes y sobre el conjunto de los españoles: si Puigdemont hubiese sido valiente y hubiese aceptado convocar elecciones aquel 27 de octubre, casi ninguno de todos estos males posteriores hubiesen ocurrido. Pero el entonces presidente de la Generalitat careció del coraje de enfrentarse a los más fanáticos de los suyos.
Todo eso, con pelos y señales, debería habérnoslo explicado quien entonces tenía el poder de la última decisión, es decir, Mariano Rajoy, como su vicepresidenta habría de haberse extendido más, aunque solo fuese por amor a la Historia, a la verdad y a la responsabilidad del cargo público en representación de los españoles, sobre la narración de las que fueron unas negociaciones en las que muchos pusimos mucha esperanza. Ambos renunciaron a hacer historia en un día, este miércoles 27 de febrero, en el que la Historia ya se adueñaba de la Carrera de San Jerónimo, porque allí se daban los últimos toques a una Legislatura que ha sido agónica: los periodistas, incapaces de atender a tantos frentes, asistíamos a la despedida, quizá para siempre, de muchos diputados, como nuestros colegas asistían, en el Supremo, a la muerte de la pasión por la Historia.
Ya digo que esa pasión no ha sido nunca el fuerte de los españoles, muy propensos a hacer selección de los pasajes que jalonan nuestro pasado. El propio libro alumbrado por el presidente Pedro Sánchez renuncia a abordar, ni siquiera tangencialmente, lo que podría haber sido un interesantísimo volumen que nos contase los claroscuros y avatares de un personaje, el propio Sánchez, que ha sido una clave de lo ocurrido en los últimos cuatro años de crisis política, que sigue siendo la clave del presente y que, dicen las encuestas (sobre todo, claro, la del CIS), lo seguirá siendo en el futuro, al menos en el inmediato.
Como cronista político, como ciudadano español, como persona que anda por la calle, igual que usted, pienso que tengo derecho a exigir, a cambio de mis impuestos, también un poco de veracidad histórica. Demasiado tiempo, desde que, de niño, me estafaron buena parte de los puntos negros de los tiempos imperiales, glorificando en cambio los que entonces interesaban a un régimen, me ha, nos ha, sido negada esa veracidad. Y pocas cosas se me ocurren peores que una nación que se hace trampas a sí misma sobre lo que le ha ocurrido. Me encantaría afrontar esta(s) campaña(s) electoral(es) con todos los datos en la mano, no solo con los que aquellos a los que elegí para que me representaran y pagué con mis impuestos quieran ofrecerme.