El (casi) ingobernable Parlamento que nos viene

El (casi) ingobernable Parlamento que nos viene

A veces, unas elecciones pueden servir para enmarañar más aún las cosas que para solucionarlas, y eso que, en el caso de la política española, el lío ya era monumental. Se puede afirmar con bastante certeza que el Parlamento, tanto la Cámara Alta como, especialmente, la Baja, va a ser muy difícilmente gobernable, independientemente de los acuerdos a los que pueda llegar Pedro Sánchez, que todavía es el más probable nuevo/viejo presidente del Ejecutivo de España.
Quien vaya a desempeñar la presidencia del Congreso, que a saber quién acabará siendo, tendrá que hacer filigranas para que las sesiones puedan llegar a algo útil. Y no quiero ya hablar del dificilísimo papel moderador y no sé si arbitral que le va a tocar desempeñar de nuevo al Rey en la apertura de consultas para ver si se puede llegar a una investidura: acabamos de salir de la loca espiral de la campaña electoral -ahora viene otra- y ya estamos metidos de hoy y coz en el muy delicado proceso de las consultas reales, ante las que no siempre todas las formaciones han mostrado el debido respeto y, menos aún, el necesario espíritu de colaboración en el marco del Estado.
Es algo que va a ser especialmente perceptible ahora, cuando una mayoría de las fuerzas políticas en el Parlamento no pueden considerarse precisamente monárquicas. Lástima que no se haya aprovechado el tiempo malgastado en dimes, diretes y campañas de imagen para, entre otras cosas más útiles, reformar ese artículo 99 de la Constitución, tan lleno de agujeros, potenciando el papel del Rey en estos momentos.
Así que nos jugamos el prestigio de nuestras principales instituciones, la Jefatura del Estado y el Legislativo, mientras que el Judicial se la está jugando todos y cada uno de los días que dura el 'juicio del siglo' contra los políticos catalanes golpistas*que, por cierto, van a estar personalmente representados en el Parlamento, a menos que algún recoveco legal se lo impida, algo que podría ser aún peor.
Es decir, salvo que se imponga la cordura generalizada entre nuestras fuerzas políticas y comience a imperar un espíritu de pacto que sustituya a la batalla electoral -de ahí el error de convocar separadamente las dos elecciones, estas generales y las del próximo 26 de mayo: sigue esa batalla-, la investidura puede demorarse bastante. O incluso, si no se llega a investir un presidente del Gobierno, podríamos llegar a una repetición de las elecciones en otoño, y eso sí que pienso que sería de lo peor que podría pasarle a la ya maltrecha imagen de España tanto dentro como fuera de nuestras fronteras.
Así que en el 'día uno' tras las elecciones amanecemos todos preguntándonos 'y ahora ¿qué?', como si la masiva afluencia a las urnas no hubiese contribuido a despejar los nubarrones de la incertidumbre, quién nos gobernará y, sobre todo, con quién. Y cómo: con un espíritu regeneracionista o con las viejas ideas (no-ideas) de siempre. Bienvenidos a la nueva era.