Adiós, colega, adiós

Adiós, colega, adiós

No dejo de dar vueltas al comportamiento que mostró el efímero Màxim Huertas en su último día como ministro, un comportamiento doblemente sorprendente porque lo estaba practicado un periodista. Huerta es un sujeto que culpó de sus miserias a la “la jauría” que es como utilizar para librarse de responsabilidades aquello que puede identificarse con sí mismo porque “jauría” es, en términos peyorativos y a todos los efectos, el puro oficio periodístico. Y madres no hay más que una que a ti te encontré en la calle.
Lo digo porque el ministro que menos ha durado en su cargo desde el advenimiento de la democracia procede de ese difuso y polémico territorio del oficio llamado “prensa del corazón”, y no creo que sea de buena ley hacer culpable de su fracaso personal al gremio al que uno pertenece y a la ocupación que a uno le ha dado de comer, y a juzgar por las cifras que se manejan sobre sus problemas con Hacienda, le ha dado de comer muy divinamente, por cierto.
Màxim Huerta ha abandonado el Gobierno urgido por sí mismo y por sus propios errores, errores que tienen mucho que ver con la muy extendida manía de largar sin sentido ni prudencia. La costumbre de decir por vía tuitera es una ocupación muy moderna que los viejos dinosaurios del oficio como yo mismo hemos decido obviar porque ya es bastante dejarlo escrito durante el horario laboral, y no hay necesidad de mantenerse en estado de opinión permanentemente. Que a uno se la líen por lo que escribe o dice ejerciendo va en el puesto, y no hay más remedio que afrontarlo honradamente y sin estridencias. Pero seguir practicándolo en horas es rizar el rizo. Y termina pagándose. Los tuits colgados en sus redes sociales por Huerta durante mucho tiempo constituían un claro ejemplo de inmadurez e imprudencia, y han terminado por colocarlo en el disparadero. Eso y sus licencias en política fiscal. Por supuesto.
Por lo tanto, no hay persecución. Y mucho menos jauría. Hay una cofradía, la de los periodistas, a la que Huerta pertenece y a la que debería guardar un cierto respeto, aunque fuera por mero y obligado corporativismo. Sus horas finales no han sido lo que se dice modélicas. Todos los episodios que se han encadenado para despedirle dan un poco de vergüenza.